Cada año, los obispos paraguayos se suben al púlpito en Caacupé con la misión de transmitir las inquietudes del pueblo, alineando sus mensajes con las enseñanzas de las Sagradas Escrituras. En sus homilías, no dudan en señalar las falencias de la clase política, reclamando un compromiso genuino para combatir la corrupción y satisfacer las necesidades básicas de la ciudadanía. Sin embargo, detrás de estas críticas a menudo se esconde una falta de autocrítica que puede resultar tan perjudicial como la corrupción que condenan.
La Iglesia, como institución, no es ajena a la imperfectibilidad humana. En su búsqueda de la verdad, debería ser capaz de reconocer sus propios errores y las injusticias que ha perpetuado a lo largo de la historia. Este llamado a la autocrítica no es un mero ejercicio de humildad; es una necesidad urgente para restaurar la confianza en una sociedad que, a menudo, se siente traicionada tanto por sus líderes políticos como por sus guías espirituales.
Hablar en nombre de Dios implica un compromiso profundo y auténtico. Requiere no solo elocuencia en las palabras, sino también coherencia en las acciones. Es fácil señalar con el dedo a los corruptos y a los que fallan en sus deberes. Sin embargo, ¿qué pasa con las heridas que la Iglesia misma ha infligido? Desde abusos sistemáticos hasta la complicidad en regímenes opresivos, la historia de la Iglesia está marcada por sombras que no pueden ser ignoradas.
El desafío radica en que, al no hacer un examen honesto de su propio pasado, la Iglesia corre el riesgo de convertirse en un eco vacío de sus propios mensajes. La falta de autocrítica puede llevar a que sus postulados, aunque sean perfectos en teoría, se conviertan en meras palabras vacías, desconectadas de la realidad vivida por el pueblo. La verdad no puede ser solo un concepto abstracto; debe manifestarse en la forma en que la Iglesia vive y actúa en el mundo.
La responsabilidad de la Iglesia es, por tanto, doble: no solo debe hablar en nombre de Dios, sino también en nombre de aquellos que han sido heridos por su historia. Esto implica reconocer las injusticias pasadas y presentes, y trabajar activamente para sanarlas. La verdadera conversión no se limita a un cambio de discurso; debe ser un cambio de corazón que se refleje en acciones concretas y en un compromiso renovado con la justicia y la paz.
Ojalá que en los años venideros, las manifestaciones desde el púlpito no solo sean un eco de la voz divina, sino también un testimonio de un compromiso con la humanidad. Hablar en nombre de Dios no es solo un privilegio; es una profunda responsabilidad que exige valentía, honestidad y amor. La Iglesia tiene el poder de ser un agente de sanación y transformación, pero para ello debe comenzar por mirarse a sí misma en el espejo de la verdad.
En este contexto, el llamado a la autocrítica no solo es un deseo, sino un imperativo moral. Necesitamos una Iglesia que no tema enfrentar su historia, que no evada su responsabilidad y que, sobre todo, se comprometa a construir un futuro más justo y reconciliado. La voz de la Iglesia puede ser una luz en la oscuridad, pero solo si sus portadores se atreven a ser verdaderamente transparentes y auténticos en su misión


