Cada vez más países están retirando progresivamente los dispositivos digitales del ámbito escolar, especialmente durante los primeros doce años de formación. Computadoras, televisores y, con mayor énfasis, los teléfonos celulares se han convertido en un punto crítico del debate. Este último —el celular— suele llegar a manos de los niños no por una decisión pedagógica, sino por un acto de consumo familiar que poco tiene que ver con su desarrollo cognitivo, emocional o social.
El caso más reciente es el de Chile, donde se promulgó una ley que prohibirá el uso de celulares en las aulas —desde jardín hasta Media— a partir de marzo del 2026. Aunque Chile es uno de los países latinoamericanos con mejor desempeño en las pruebas PISA, sigue por debajo del promedio global. Y parte del análisis oficial atribuye este estancamiento, e incluso retroceso en algunas áreas, a la incorporación temprana e indiscriminada de dispositivos.
Pero Chile no está solo. China prohibió los celulares en las aulas desde el 2021.
Países Bajos hizo lo propio con celulares, tabletas y relojes inteligentes desde el 2024.
Nueva Zelanda los vetó en el 2023 para mejorar concentración y rendimiento. Finlandia extendió restricciones incluso a los recreos. Brasil aprobó una ley similar para estudiantes de 4 a 17 años. Francia impulsa desde el 2018 una “pausa digital” en primarias y secundarias.
¿Qué explica este movimiento global?
Pese a sus diferencias culturales y educativas, los países coinciden en varios argumentos:
* Distracción y bajo rendimiento. El celular interrumpe, dispersa y resta capacidad de atención. Las notificaciones, los juegos y las redes consumen tiempo cognitivo irrecuperable.
* Salud mental en riesgo. Aumentan la ansiedad, la depresión, el TDA y las autolesiones vinculadas al uso excesivo de pantallas en niños, adolescentes y jóvenes.
* Convivencia deteriorada. Menos interacción cara a cara, más aislamiento y más incidencia de ciberacoso.
* Cambio cultural necesario. No se trata de rechazar la tecnología, sino de regularla en edades en las que el cerebro aún no tiene recursos para gestionar su impacto.
* Evitar el rol “policial” del docente. La vigilancia del mal uso de dispositivos consume tiempo y energía que deberían destinarse a enseñar.
* Buena higiene informativa. El cerebro infantil necesita pausas, filtros y límites; no está preparado para el bombardeo constante de estímulos.
En Paraguay, el debate todavía está en una etapa preliminar. Aunque no existe una normativa nacional que regule de manera integral el uso de celulares en las escuelas, la preocupación ya está instalada en docentes, psicólogos, familias y especialistas que vienen observando los mismos patrones que llevaron a otros países a tomar medidas: dificultades de atención, aumento de la ansiedad, retrocesos en habilidades socioemocionales y un uso cada vez más precoz de dispositivos sin acompañamiento adulto.
Algunas instituciones educativas —principalmente privadas— han comenzado a implementar reglas propias: prohibición parcial en clases, uso limitado en recreos o entrega del celular a primera hora. Sin embargo, la ausencia de una política pública deja al criterio institucional lo que en otras naciones se ha transformado en un asunto de Estado.
Y tal vez este sea el momento de preguntarnos, como país, si vamos a esperar evidencias más duras o si podremos anticiparnos desde la prevención, el sentido común y la responsabilidad colectiva.
Sin embargo, más allá de las decisiones gubernamentales, queda una pregunta incómoda para los adultos: si sabemos que los dispositivos afectan la cognición, la conducta, la emocionalidad y la socialización de los niños, ¿por qué seguimos entregándolos sin mayor reflexión?
El psicólogo Carlos Valdez, en una analogía que incomoda por su claridad, afirma:
“Entregarle un celular a un niño debería ser tan mal visto como entregarle un cigarrillo”.
El cigarrillo daña los pulmones; el celular puede distorsionar la realidad, alterar el desarrollo del cerebro y erosionar habilidades que necesitaremos toda la vida.
Y quizá esa es la reflexión más profunda: la tecnología no es el enemigo, pero nuestra falta de criterio sí puede serlo. Educar no es evitar el malestar, sino acompañar el desarrollo. Y a veces, eso implica elegir el camino menos cómodo… pero el más necesario.


