Aquí, la política se convierte en un arte, pero no el arte sublime de un maestro, sino más bien el arte de un ilusionista de feria que hace desaparecer lo poco que queda de credibilidad.
Hablemos de la próxima contienda por la intendencia de Asunción, ese espectáculo donde los candidatos aparecen como estrellas fugaces, cada uno más brillante que el anterior, pero todos destinados a desvanecerse en el horizonte de las promesas no cumplidas. La lista de posibles candidatos crece como la mala hierba en un jardín descuidado. ¿Desorientación en las dirigencias tradicionales? Quizás.
O tal vez, simplemente, una incapacidad crónica para escuchar a quienes realmente importan: los ciudadanos.
La búsqueda del “oro” en esta mina política es, francamente, un ejercicio de necedad. Los que se aferran al poder real se sumergen en laberintos de encuestas y números manipulados, convencidos de que una cifra puede sustituir la voz de un votante. Sin embargo, cada vez que se fijan en esos “dibujos matemáticos” de tendencias se olvidan de que detrás de cada número hay un ser humano, una historia, un grito ahogado en el mar de la indiferencia.
Los políticos se mueven como marionetas, guiados por hilos invisibles de intereses económicos y alianzas dudosas, mientras el ciudadano común observa con una mezcla de resignación y burla. ¿Es que acaso creen que pueden seguir jugando al escondite con la verdad? La realidad es que la política criolla se ha convertido en un circo donde la farsa es la norma y la autenticidad, una rareza.
La única forma de cambiar este juego es romper el ciclo de la complacencia. Dejar de lado esa absurda idea de que el poder se ejerce desde un escritorio, y salir a las calles, a los barrios, a los rincones donde realmente resuena la voz de la gente. Solo así se podrá construir un camino hacia un futuro más genuino, donde los números no sean una cortina de humo, sino una herramienta para la verdadera representación.
Es hora de que la clase política deje de mirar hacia arriba, buscando en las encuestas su salvación, y empiece a escuchar hacia abajo, donde reside la sabiduría del pueblo. Después de todo, en la política criolla el verdadero poder no se encuentra en el oro de las encuestas, sino en el plomo de la realidad.


