Opinión

En paz con nuestra historia

Catilina

| Por La Tribuna
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Los medios de comunicación españoles, la tribuna política y, en general, la esfera pública toda dedicó la semana a recordar el fin de una época y el comienzo de otra. El fin de la dictadura y el inicio de una celebrada transición hacia lo que hoy es una democracia occidental al uso.

España es un país que, pese al casi centenario del transcurso de la Guerra Civil y la mitad de la muerte de quien triunfó en ella, permanece profundamente dividida por heridas de su propio pasado con el que no logran reconciliarse. Solo mirar sus diarios y telediarios en la semana que pasó lo refleja a cabalidad: Franco fue un fascista malo muy malo, o Franco fue quien salvó a España de su completa destrucción en mano de los “rojos”.

La cuestión no es meramente folclórica, sino existencial, pues el modo en que los seres humanos vemos y tratamos nuestra historia, cómo las sociedades sedimentan su pasado, incide en el modo en que mira y aborda la realidad presente y proyecta la futura.

La dimensión temporal es, así, imprescindible para entender a cualquier sociedad y predecir hacia dónde se dirige. Y mientras esa dimensión en España crea una sociedad inestable por lo fastidiada, en la nuestra crea una estable, pacífica y, quizá lo más importante, predecible.

Y es que nuestra mirada hacia atrás en el Paraguay es bastante consistente: guerras, revoluciones, heroísmos y mezquindades, decisiones sabias y absurdas, aciertos estratégicos y fracasos tácticos, pero en el balance final “bien” con tendencia a mejor.

No estamos peleados con nuestro pasado, tampoco diría que reconciliados porque salvo breves periodos de tiempo, nunca luego nos enojamos con él; entonces, lo que estamos es en modo aceptación radical. Fue lo que fue y si bien hay mucho (muchísimo) que mejorar, no hay nada con lo que “romper”.

Esta aceptación radical no rupturista es un activo estratégico de valor incalculable que explica muchas cosas buenas que tenemos, entre ellas, la paz social de la que disfrutamos en el Paraguay. Las contiendas políticas cotidianas, saludables en cualquier comunidad humana que pretende mejorarse continuamente a partir de la crítica feroz hacia lo que no está bien o puede estar mejor, no alteran esa paz de la que disfrutamos los paraguayos, entre cosas, porque nuestro pasado no es algo que nos divida, sino que, en gran medida, nos une.

Unidos en el trauma de la ocupación extranjera, el dolor de la guerra, la pervivencia ancestral de una lengua común única e irrepetible transmitida oralmente de generación en generación, la sabiduría de un par de gobernantes que abrieron el país a la inmigración buena que trajo riqueza, la miopía de otros tantos que usaron al Estado como instrumento de provecho personal.

Todo esto —y más— es el Paraguay “histórico”; un país al que sus ciudadanos pueden mirar de frente y a los ojos, sosteniéndole la mirada mientras musitan una sonrisa cómplice y orgullosa porque estamos en paz con lo que vemos, a partir de lo cual podemos construir sin distracciones el futuro que tendremos.

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