Esta fecha no nació del marketing ni de la agenda internacional como tantas otras. Surgió de un crimen. De tres mujeres. De un país sometido por una dictadura. En honor a las hermanas Minerva, Patria y María Teresa Mirabal —asesinadas el 25 de noviembre de 1960 por el régimen de Rafael Trujillo en República Dominicana—, movimientos feministas latinoamericanos designaron este día como símbolo de resistencia en 1981. Más tarde, las Naciones Unidas lo oficializó como el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.
Minerva lo advirtió antes de morir: “Si me matan, sacaré los brazos de la tumba y seré más fuerte”. Su frase no fue una metáfora; se cumplió. Desde la profundidad de su tragedia, su lucha encendió un camino que llegó a derribar a un dictador y, décadas más tarde, continúa inspirando a mujeres en todo el mundo.
Paraguay: cifras que duelen
Es difícil dimensionar el miedo que vivieron las Mirabal; más difícil aún es comprender el que viven hoy miles de mujeres, niñas y madres sometidas a agresiones, abusos y humillaciones cotidianas.
En Paraguay, según datos del Ministerio Público, hasta el 18 de septiembre de este año se registraron 28 feminicidios, dejando 51 hijos huérfanos. La mayoría de las víctimas fueron asesinadas por sus propias parejas. Los métodos revelan la brutalidad: 11 casos con armas blancas, ocho con armas de fuego, cinco por asfixia, dos por golpes y dos por quemaduras graves.
Pero el feminicidio es solo el final de una cadena que empieza mucho antes. Es la punta del iceberg. Debajo hay meses —a veces años— de desgaste psicológico, manipulación emocional, aislamiento, miedo y vergüenza. La violencia comienza como un taladro silencioso que perfora la autoestima hasta convencer a la víctima de que no puede salir, de que merece lo que le pasa o de que su agresor “no es tan malo”.
La violencia con mil caras
La agresión física es solo una de las formas de violencia. Hay otras, muchas veces invisibles, que erosionan la vida cotidiana:
Violencia simbólica: estereotipos, chistes, comentarios y actitudes que naturalizan la desigualdad.
Violencia económica: control del dinero, retención del salario, decisiones financieras impuestas.
Violencia patrimonial: apropiación o daño de bienes y pertenencias, manipulación material.
Violencia psicológica: insultos, humillaciones, celos, controles, “bromas” ofensivas, invalidación del trabajo.
Violencia física: golpes, empujones, agresiones en cualquier espacio.
Violencia sexual: cualquier acto que vulnere la libertad de decidir sobre el propio cuerpo.
Y hoy emerge una nueva dimensión reconocida por Naciones Unidas: la violencia digital. Crece a la par de las redes sociales y se expresa en: difusión no consentida de imágenes íntimas, ciberacoso y amenazas, uso de IA para generar imágenes falsas de contenido sexual, discursos de odio dirigidos a mujeres, especialmente a las de mayor exposición pública.
La violencia digital no se queda en la pantalla: migra a la vida real, afecta la salud mental y, en muchos casos, se convierte en puerta de entrada a formas más graves de agresión.
Un día para recordar, un día para incomodar
Lo que ocurre en la vida física y en la virtual tiene el mismo impacto emocional. En ambos espacios, la violencia mina la libertad, la dignidad y el desarrollo integral de las mujeres.
Por eso, el 25 de noviembre no es un día para “celebrar”, sino para incómodamente mirar lo que todavía no hemos logrado.
Para recordar a quienes ya no están.
Para agradecer a quienes siguen luchando.
Para asumir que la indiferencia también mata.
Y, sobre todo, para reafirmar que sin igualdad y sin seguridad no hay democracia posible. No hay futuro.


