Un drama que se extiende como una gran serpiente a la que nadie pisa la cabeza. Ahí está: incólume, intocable, pese a los anuncios, pese a los planes. Que ya viene la reforma, que ahora sí, que el Congreso se va a ocupar... Pero mientras tanto, sigue generando más pobreza a los pobres, más rabia e impotencia en las paradas atestadas, y se convierte en caldo de cultivo para los famosos chespis, que merodean todo el tiempo intentando arrebatar celulares.
Ese es el ambiente que vive la gente que sale de su casa a las 4:00 de la mañana para ir a laburar, y que al volver, al atardecer, llega sudorosa, cansada, podrida, a comer algo rápido y tirarse a dormir para repetir la rutina al día siguiente. Y ahora llegan los grandes calores… un desastre.
Cuando ya no hay caso, cuando ya llegás tarde, cuando el bus no viene o no para, la gente recurre al moto bolt. Es un poco más caro, pero se convierte en salvación. En la capital, al menos, los biciclos son más nuevos, limpios, aceptables. Pero en el interior —Luque, San Lorenzo, etc.— muchas motos están en mal estado, sucias, con conductores que ni te miran, con cascos llenos de piojos. Y ni hablar de los accidentes: motos que chocan, que se descomponen en plena avenida, todo a la buena de Dios.
¿Y los días de lluvia? Olvidate. Últimamente llueve seguido y ahí el moto bolt desaparece. Solo queda caminar como sea, a pata, cruzando raudales, esperando alcanzar alguna ruta donde —con suerte— pase uno de los dichosos buses. Así que sí: es un remedio que muchas veces se parece demasiado a la enfermedad.
Y mientras tanto, nadie le pone el cascabel al gato de la reforma del transporte público. Los luminosos y coloridos buses eléctricos de Taiwán, que llegaron a principios de año, siguen durmiendo el sueño de los justos. ¡Increíble! Tendrían que haber salido a la calle al día siguiente, es un decir, claro… pero lo más rápido posible. Había (y hay) urgencia. Que hay que adaptarlos, dicen. Bueno, perfecto. ¿Pero cuánto puede tardar eso? ¿Una semana? ¿Dos? Pasaron meses, casi todo el año, y ahí están.
El Viceministerio de Transporte es una entidad débil. No tiene fuerza. No tiene herramientas para ordenar nada. Debería tener otro estatus, otra estructura, porque así como está, nadie le da pelota. Lo dicen todos, en voz baja y en voz alta: solo si Santi se mete en serio en el tema, se va a destrabar. Es una percepción popular muy instalada.
Promocionamos una democracia presidencialista, es cierto, pero también es cierto que todo parece girar en torno a la figura del presidente. Es él quien articula, quien mueve, quien ejecuta. Sin él, no hay avance. Y ojo, el Gobierno está haciendo un gran trabajo en muchos ámbitos. Ayer nomás se publicó la lista de empresarios extranjeros que visitaron Paraguay para analizar posibles inversiones. Muchos de ellos ni sabían que existíamos. Y eso, aunque a algunos les duela, es resultado de los tan criticados “paseos” de Santi.
Pero en materia de reforma del transporte público, el Gobierno está reprobado. El proceso camina a los tumbos, intentando escuchar a todas las partes. Y está bien. Pero cuando se ponga en marcha el plan —si se pone— van a llover críticas de todos los colores. Ahí habrá que tener espalda ancha y recordar a quién hay que favorecer de verdad: al pueblo.
El diario mala onda se hará un festín con las quejas de transportistas, chóferes, empresarios. Pero hay que sacarlo adelante, a trancas y barrancas, si es posible antes de que termine el año.
¡Que a esa hidra de mil cabezas que es el drama de los colectivos le llegue, de una vez por todas, su Hércules a cortarle las cabezas!


