Al principio de la semana, la feligresía católica de este país y América toda se estremeció ante la Nota Doctrinal del Dicasterio de la Doctrina de la Fe, ex Santo Oficio, que, diciéndolo “en cristiano”, rebajó el lustre de la Virgen María al declarar inoportunos (SIC) algunos títulos con los que se la advoca: corredentora, mediadora y otros más.
El alboroto ocupó programas de radio y televisión, streaming y podcast por igual, desde el Río Bravo hasta el estrecho de Magallanes, donde María no es solo la madre de Dios, sino sobre todo “madre nuestra”. Y es que la fe en América tiene dos rasgos distintivos que no se ven en Europa: la marianología y la papolatría.
La devoción a María y el culto al papa son cuestiones en la que los católicos de América hemos sido formados desde la primera catequesis y en el Paraguay más aún, ya que la evangelización nos vino principalmente de franciscanos, dominicos y, más recientemente, salesianos, cuya nota misional la han puesto siempre en María y el papa, algo de Jesús, un poco de San Francisco, Don Bosco y Santo Domingo, y nada más.
El nuestro es un país primero mariano y recién después, y en el interior “mucho después”, cristiano. Nuestras señas de identidad religiosas son la Virgencita de Caacupé, María Auxiliadora, la Virgen del Rosario y, algo menos, la Virgen de Fátima. Jesús es importante porque es “el hijo de”, más que por ser quien es: el Hijo de Dios hecho hombre.
Dicho esto, engarzo con lo que la Santa Sede dijo en Mater Populi Fidelis porque, a diferencia de casi todos, este servidor sí se la leyó. Y el documento lo que dice es que el salvador es Cristo, únicamente; que el redentor es Cristo, únicamente; que el mediador es Cristo, únicamente.
Y que María, su madre, es intercesora, también únicamente; luego, no es ni salvadora, ni redentora, ni mediadora. O sea, no es Dios. ¿Se dijo algo que no sabíamos –o debiéramos saber– los católicos? No, nada.
¿Se varió en algo la doctrina o se minusvalora el aporte de María a la historia de la salvación? En absoluto. Entonces, ¿por qué tanto alboroto? Reflexionando en ello concluí que el punto que nos irrita a los católicos de América que, insisto, somos muy marianos, es que el documento al decir que María no es corredentora, ni mediadora, ni, por supuesto, diosa, por fuerza le quita “brillo” a la Virgen, y eso para los marianos como nosotros se siente como un abofeteo a tu madre: inaceptable por donde se lo mire.
Y entonces nos sale el indio Juan Diego que nos dejó el mestizaje, que solo tiene sed de sangre, lanza y flecha porque la madre es sagrada y no se la toca ni con el pétalo de una rosa.
Así y en el fondo, tocar a María Santísima (como le decía mi abuela) es tocar a nuestra madre. No importa cómo lo hagas, si no es para añadirle atributos no hay ninguna posibilidad de que el experimento salga bien, pues aquí en América la mamá es siempre y por definición la más linda, la más buena, la más inteligente, la más trabajadora y la más abnegada.
El verbo encarnado es nuestra mamá: la que nos tocó en la Tierra y la que compartimos los católicos en el cielo. Es por eso que no hay explicación racional que aplaque la ira de ver cómo —quien sea y más si son extranjeros, no importa que sean curas— rebajan lo más sagrado que tenemos los hombres y mujeres de este lado del mundo: nuestras mamás.


