Por Eugenia Peroni
Llegué al pediatra con mi hija de 13 meses. Había pedido permiso en la oficina y llevaba el celular en el bolsillo, “por si alguien me necesitaba de urgencia”, aunque sabía que poco podría hacer desde la sala del hospital. Aun así, no me sentía tranquila de dejarlo en la oficina “por si pasaba algo”.
Durante los 30 minutos de espera -un lunes en una sala llena de niños con mocos por el cambio de clima o con gastroenteritis, herencia de un fin de semana donde vale todo-, más los 10 minutos con el doctor y los 45 minutos de viaje en auto, nadie de la oficina notó mi ausencia. Eso me permitió pasear con mi bebé por la sala y observar, sin ánimo de juzgar, simplemente observar.
En ese rato identifiqué a siete familias que recuerdo bien, porque mientras Ernestina corría, saqué el celular para tomarle una foto y ellos quedaron detrás:
Una mamá con su hijo (de unos 9 años): ella en el celular; el niño con la tablet. Él intenta mostrarle algo y ella responde: “Esperá, te dije”.
Una mamá con un bebé en brazos sostenía al pequeño y, en la misma mano, el celular, aunque no lo usaba.
Una pareja con su hija (unos 10 años): ambos en sus celulares; la niña, recostada, miraba al vacío con un termo en la mano.
Una mamá con su hijo: el celular prácticamente pegado al rostro; el niño, boca abajo sobre el asiento, apenas con las puntas de los pies tocando el suelo.
Otra mamá con tres hijos —mellizos de unos 3 años y un adolescente de 14—: todos mirando pantallas.
Una mamá con una niña de unos 6 años, posiblemente con alguna discapacidad: la niña gritaba y hablaba sola; cuando mi hija se acercó, la empujó. La madre observó sin intervenir.
Al salir del pediatra, me quedé pensando. Se habla mucho del impacto del uso temprano de dispositivos en la infancia y la adolescencia, pero poco sobre el efecto que tienen en los adultos y el que los adultos generan en sus hijos.
Recordé a mi papá, que fumaba cuando yo era niña. Me parecía horrible. Una vez rompí todos sus cigarrillos y los volví a guardar sin que se diera cuenta. Finalmente, terminé formando parte del grupo de “si no puedes con ellos, únete”, y encendí mi primer cigarrillo a los 15 años. Pero aunque su humo contaminaba mis pulmones, no me sentía abandonada, ni despreciada, ni insegura. Jamás sentí que mi papá no me quisiera o que no fuera importante para él.
Buscando sobre esto encontré el término phubbing.
Surge de la combinación de las palabras inglesas phone (teléfono) y snubbing (desairar). Describe una escena muy cotidiana en la que muchos caemos: ignorar a alguien presente para prestar atención al celular.
Es una práctica cada vez más frecuente por la fuerte presencia de los dispositivos en la vida diaria. Ya no es exclusiva de los adolescentes o del ámbito laboral donde se gestó; se extiende a todas las edades y contextos: amistades, parejas, familias. Incluso en espacios donde el adulto debería ser modelo —como decía María Montessori—, el phubbing está cada vez más presente.
Los dispositivos son herramientas poderosas: fáciles de transportar, útiles, pero también una vía de escape ante situaciones que no queremos enfrentar. Funcionan como un gatillo que activa una conducta y una recompensa, y cuanto más se repite, más se convierte en hábito.
Las redes y los celulares están diseñados para activar el circuito neuronal del placer. Lo que vemos o publicamos libera dopamina: gatillo → conducta → respuesta, una secuencia que secuestra el circuito del deseo.
No me alcanza el espacio de este artículo para evaluar si tenemos una adicción conductual al celular, pero sí alcanza para recordar que el conocimiento es la llave para reconocer si dependemos de él.
Estas son algunas de las consecuencias del phubbing, que van más allá del plano social: deterioro de las relaciones afectivas; disminución de la satisfacción vincular, que puede llevar al aislamiento; ansiedad y estrés por la dificultad de estar presentes; baja autoestima, al sentir el rechazo constante; depresión, tanto en quien realiza el phubbing como en quien lo recibe.
El phubbing es una dinámica de ida y vuelta: afecta tanto a quien lo practica como a quien lo padece. Y, lo más preocupante, es que se replica fácilmente.


