El lado oscuro

Para el ciudadano común no hay nada más complejo que informarse correctamente en este momento. Suenan campanas por todos lados. Cada quien lleva agua…

| Por Christian Torres

Para el ciudadano común no hay nada más complejo que informarse correctamente en este momento. Suenan campanas por todos lados. Cada quien lleva agua para su molino. Los periodistas tienen puestas las camisetas de los dueños de sus medios; algunos son más fanáticos que los dueños mismos.

Y las redes… donde todo el mundo opina, disparates incluidos. Da la impresión de que solo los “rekorei”, los que aparentemente no tienen nada que hacer, son los que escriben desde la mañana hasta la noche. Pero están ahí, todo el tiempo, moldeando miles de versiones de los hechos.

En los temas educativos pasa lo mismo. Los padres ya no saben qué hacer frente a TikTok y demás plataformas. Se pierde el vínculo familiar a edades cada vez más tempranas. El cambalache a pleno.

Por su lado, el gobierno de Santi trata —y hace bien— de solucionar las cosas. Pero no alcanza. Todo el mundo tiene reclamos postergados desde hace años. Donde arreglás algo, saltan mil costados desatendidos. Por ejemplo, el programa Hambre Cero: está la comida, sí, pero faltan comedores, muebles, cocinas y hasta baños.

Las comunidades indígenas —cito al tuntún—, los más pobres entre los pobres: se solucionan problemas a algunos y brotan cien más alrededor. A muchos se les desgastó la paciencia de pedir y pedir sin que nadie escuche. El Indi, menos que menos. Y así salen a cortar rutas días, semanas, meses… con los rostros quemados por el sol. Finalmente reciben la ayuda prometida, y enseguida aparecen otros grupos.

El caso de los campesinos también. Acaba de concluir una sangrienta epopeya: Marina Cué, un campo donde hoy resaltan las cruces de labriegos y policías muertos. Caso emblemático de la lucha por la tierra. ¿Qué mueve a todos? Ahí está la cuestión. Problemas reales, claro que sí. Pero también manos negras. Grupos ideologizados que responden a intereses internacionales. Nunca entendí quién paga los centenares de camiones en las movilizaciones campesinas de cada año.

Y esto no pasa solo en nuestra aldea. La feroz masacre de pandilleros en Río, según varios analistas del vecino país, fue una jugada política para mostrar que los bolsonaristas —el gobernador es su aliado— son los únicos que “pueden salvar al país”, mientras los “buenudos” encabezados por Lula serían incapaces de enfrentar al crimen organizado. Ante los ojos horrorizados del mundo, perpetraron una masacre —de criminales, sí, pero seres humanos igual— solo para desacreditar al adversario y marcar hegemonía.

El lado oscuro de las cosas.

¿Cómo salir indemne ante tanto bombardeo de información? Prácticamente no hay salida. El futuro será aún más complicado. No se puede confiar en nadie, ni siquiera en la Iglesia Católica. Me duele decirlo. La cúpula escucha una sola campana, no investiga, no pregunta. Deberían estar asesorados por economistas sin banderías, sin camisetas, para poder cumplir su papel de pastores.

Y la inteligencia artificial… crea todo lo que puedas imaginar. Podés verte a vos mismo discursando con tu voz, tus gestos, tu pelada, tus anteojos… pero no sos vos. Terrible.

Quizás los mayores ya no deberíamos preocuparnos tanto. La ola nos pasa por encima. Pero los jóvenes, nuestros hijos, van hacia un mundo manipulado, traicionero, con códigos extraños, que siento —y ojalá me equivoque— terminará por autodestruirse.

Perdonen la visión escatológica criolla del futuro de las cosas. Ojalá esté equivocado.

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