Opinión

El llanto de un soldado

En 1987 fui al Chaco por primera vez. Tenía 10 años y si bien nunca había estado allí, los relatos de la guerra de mis abuelos perfilaron sus contorn…

| Por Catilina

En 1987 fui al Chaco por primera vez. Tenía 10 años y si bien nunca había estado allí, los relatos de la guerra de mis abuelos perfilaron sus contornos en mi imaginación de un modo tan nítido, que cuando lo vi fue solo una confirmación de lo que de algún modo ya sabía.

La excusa que usó mi papá fue el Rally, al que fuimos tras un parón de 3 años dispuesto por Stroessner, a quien no agradaba que “los hijos de papá” que lo corrían destruyan las picadas y cañadones que el austero Estado paraguayo se jactaba de conservar transitables —gua’u—.

Viajó con nosotros mi abuelo, que regresaba a esas tierras áridas 50 años después de haberlas visto por última vez, al volver del frente.

El asfalto llegaba hasta Cruce los Pioneros nada más, tras lo cual se extendía inmenso, hostil e inclemente el desierto verde.

En plena tarde, con el sol bien alto en el cielo, abandonamos el asfalto e ingresamos al polvo rumbo a Mariscal Estigarribia, y poco antes de caer la noche mi papá desvió la marcha hacia Toledo, donde en febrero de 1933 el 2.º Cuerpo de Ejército resistió, durante 14 días con sus noches, el asalto boliviano por tierra y aire.

Era la sorpresa para mi abuelo, que había combatido allí en el RI 5 “General Díaz” como oficial de sanidad. Al llegar al fortín, mi papá le cuenta a mi abuelo dónde estábamos y él, incrédulo, se baja de la camioneta con su característico andar cansino, pero siempre elegante, plantándose en la entrada completamente quieto y en silencio.

Tras una larga espera, en la que sus ojos recorrieron con delicada mirada la vegetación, las trincheras, los tucas y las cruces de los cementerios paraguayo y boliviano, empezó a andar por el terreno con las manos cruzadas hacia atrás.

Mi papá y yo asistíamos así a un pedazo memorable de nuestras existencias, viendo cómo aquel viejo soldado caminaba lento y solemne contra el crepúsculo, por ese pedazo de tierra que fue el punto de inflexión de su vida.

El niño que había en mí, al reconocer el sitio de tantas historias que le había contado su abuelo, quiso ir corriendo a su encuentro para refrescarlas, pero mi papá con gran sabiduría me dijo: “dejale solo a tu abuelo”.

Cuando el sol se estaba terminando de poner, empezó su retorno al vehículo y entonces me dijo mi viejo: “acercate y acompañalo”. Lo hice de lado para que él no advierta mi presencia mientras caminaba despacio, sencillo y humilde, con la cabeza inclinada y los ojos completamente inundados de lágrimas en un llanto recio y silencioso, viril y gallardo, como lloran quienes han sabido cumplir con su deber cuando tocó hacerlo, estando a la altura de las circunstancias.

Ese día aprendí que los hombres también lloran y que hacerlo es un acto de suprema dignidad que nos enaltece porque nos recuerda, a la vez, lo pequeño que somos y las grandezas de las que, sin embargo, somos capaces haciendo lo que debemos en cada momento de nuestra historia.

Haz lo que debes, está en lo que haces.

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