En esta misma columna celebramos días atrás y aplaudimos el espaldarazo que el Gobierno paraguayo le brindó al movimiento olímpico y cómo uniendo esfuerzos el sector público y el privado juntos encaminaron una conquista extraordinaria de la diplomacia deportiva al conseguir la sede de los Panamericanos adultos 2031 superando al dificilísimo antagonista brasileño.
Sin duda podemos exclamar: tuicha la diferencia, en relación con lo que sigue siendo una deuda impaga de nuestras autoridades (en este específico caso, de la municipalidad de la capital) en relación con el muy mentado, lamentable, dilatado y nunca resuelto caso de la deuda eterna por la injusta expropiación del predio del estadio Comuneros y de la sede administrativa de la Confederación Paraguaya de Básquetbol.
Ese golpe artero que casi mata al básquetbol, hasta hoy lo castigó tan duramente, que nunca se pudo recuperar del enorme perjuicio deportivo, económico y de infraestructura edilicia.
Hoy a la hora de una preparación de un seleccionado cestero de cualquier categoría que necesite entrenar para representar al país en la escena internacional, la CPB debe pasar por el viacrucis de buscar canchas, a veces con piso inapropiado y distinto al que se emplea en los campeonatos de FIBA o Consubasquet. Y encima pagando con el dinero que no tiene ni puede ya generar (al haber perdido su gran fuente de recursos que era su estadio), los alquileres de estos implantes.
Dos veces, fallos definitivos de la Corte Suprema de Justicia le dieron la razón al básquetbol y obligaron a la comuna a resarcirlo.
Dos intendentes firmaron acuerdos (Evanhy de Gallegos, primero, y Óscar “Nenecho” Rodríguez, después) reconociendo la deuda y disponiendo la resolución del conflicto. Dos veces también la Junta Municipal los desautorizó.
Esta es la situación del momento. Y en enero próximo se cumplirán 48 años de la caída de lo que debió ser el techo del histórico Comunero y terminó convirtiéndolo en escombros y dándole a la dictadura en bandeja la oportunidad de la expropiación.
De dueña del mayor y más requerido lugar para organización de todo tipo de espectáculos de la época, pasó a ser la CPB la más indigente de las organizaciones federadas.
Nunca más ganó un sudamericano femenino. Y menos uno masculino. Y el deporte mismo estuvo al borde de la desaparición.
La solidaridad del hoy pudiente Comité Olímpico Paraguayo que le brindó grata acogida albergándolo en el presente lustro, le devolvió al básquetbol el gran gesto de haberle ofrecido cuna para que nazca, y techo para que crezca, al propio COP en 1970.
¿Hasta cuándo se seguirá esperando? Está por completarse medio siglo de este despropósito. Y conste que la Justicia doblemente respalda la posición del ente deportivo. Pero la actitud de indiferencia de la comuna pone de relieve que en este caso, mal que le pese a Kelsen y su famosa pirámide de prelación de las leyes, que la que sigue por encima de la mismísima Constitución Nacional en el Paraguay, donde impunemente impera, es la Ley del Ñembotavy.


