Por Eugenia Peroni: Podría ser un tema de esta generación o podría venir desde hace siglos, pero pareciera que cuando algo nos ocurre, algo que nos pone en una situación de disconformidad, preocupación, descontento, como una enfermedad, una crisis económica, algún problema familiar, el retraso en el lenguaje de nuestros hijo tenemos la tendencia de orar/rezar y preguntarle a Dios por qué nos permitió llegar a ese lugar y que por favor lo resuelva.
Cuando tenemos el colesterol alto recibimos los análisis de sangre, nos asombramos y pensamos que no puede ser posible el resultado reflejado, pero igual vamos al médico, a lo que él mismo leyendo los análisis realiza una serie de conclusiones y sugiere reducir las grasas, los conservantes, azúcares y realizar ejercicio físico.
Cuando nos llaman del banco porque la tarjeta de crédito está sobregirada, ponemos cara de sorpresa y hasta nos tratamos de recordar en dónde gastamos tanto… mientras lo hacemos, desconfiamos del banco y pensamos “seguro que algo están haciendo mal”, pero seguimos los pasos y pagamos la tarjeta, si aprendimos del error, la próxima vez hacemos un seguimiento más estricto a los gastos. Pero en ese momento de desesperación le pedimos ayuda a Dios o al más allá para que nos ayuden a salir de la crisis.
Cuando nos separamos de nuestras parejas o fallece un familiar pasamos por lo general por las 5 fases del duelo o la enfermedad detalladas por Kubler-Rose: negación, ira, negociación, depresión y aceptación, aunque estas etapas no son necesariamente lineales y pueden no experimentarse en ese orden o en su totalidad, a la mayoría de los procesos la contiene y en varias de estas tendemos a preguntar por qué nos ocurre a nosotros.
En todas estas situaciones descriptas buscamos siempre variables externas a por qué ocurren las cosas cuando en realidad la mayoría está vinculada a las decisiones que vamos tomando a lo largo de la vida. Por día tomamos entre 30.000 y 35.000 decisiones, ¿te imaginás cuántas de ellas son sin involucrar el razonamiento? ¿O dejando las emociones predominar?
Esto también ocurre cuando los niños, niñas y adolescentes aparecen con trastornos en el aprendizaje, o muy violentos o con depresión, si bien todo esto no se puede reducir al uso de pantallas es real que estos tres puntos mencionados y otros muchos más tienen una gran incidencia del tipo de vínculo que tienen nuestros hijos o los niños alrededor y el contenido que consumen diariamente… Según la OMS, uno de cada siete jóvenes en el mundo de entre 10 y 19 años padece algún tipo de trastorno mental y el suicidio es la tercera causa de defunción en las personas de 15 a 29 años. Mientras que el instituto nacional de salud menciona que al menos 7 % de los infantes sufre de trastornos en el lenguaje, y el 15 % algún tipo de retraso.
Estos no son datos menores, sobre todo cuando se trata de nuestros hijos o niños cercanos… por supuesto que cuando descubrimos que están retrasados en desarrollo o no están logrando establecer vínculos “normales” en la adolescencia empiezan las oraciones, pero olvidamos la introspección y para tener en cuenta algunos puntos que ayudan a construir personas íntegras son:
- Reducir el uso de tecnología.
- Limitar el acceso a redes sociales a temprana edad.
- Generar espacios donde tengan responsabilidades según las libertades.
- Construir un vínculo sano con mucha confianza.
- Hablarles y querer escucharles.
- Evitar presiones que generen estrés.
Si bien hay cuestiones de genética o congénitas, mucho de lo que nos ocurre es producto de decisiones que tomamos sin medir las consecuencias.
No fue Dios, fue la chipa so’o. No fue un castigo divino ni una prueba cósmica: fueron las decisiones que tomamos día tras día sin medir sus consecuencias. La responsabilidad está más cerca de lo que imaginamos, y asumirla es el primer paso para cambiar.


