Opinión

Inteligencia y humildad Catilina

Durante todos los años de mi vida la última semana de septiembre es la del recuerdo de los dos combates más importantes de nuestra historia militar: …

| Por Catilina
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Durante todos los años de mi vida la última semana de septiembre es la del recuerdo de los dos combates más importantes de nuestra historia militar: Curupayty y Boquerón.

En Curupayty, el 22 de septiembre de 1866, el ejército paraguayo obtuvo su partida de nacimiento a la eternidad. En Boquerón, el 29 de septiembre de 1932, su confirmación.

Recordar es vivir otra vez. Si estas gestas merecen algo, es eso: ser recordadas, no meramente conmemoradas con solo saludos o desfiles para luego enterrarse por un año más en el baúl de los manuales de historia. Vivamos pues otra vez Curupayty y Boquerón.

Curupayty es un terreno resbaladizo y anegado junto al río, con una pequeña saliente que ingresa al curso de agua a través de un terraplén natural. En ese terraplén emplazó el general Díaz a su ejército para obtener la ventaja táctica que brinda siempre la altura a los artilleros. Éramos muy inferiores en número y material, pero conocíamos el terreno, así como las filias y fobias del comandante enemigo, Bartolomé Mitre, y su tensa relación con el almirante Tamandaré, jefe de la flota brasileña emplazada al costado de nuestras líneas.

La orden fue dejarse disparar y resistir, en silencio, al ligero cobijo de trincheras cavadas con esmero días antes. ¿Para qué? Para que el enemigo creyera que la posición estaba devastada y que el asalto sería un paseo.

No solo no hubo paseo, sino que esas oscuras arenas de los esteros del Ñeembucú enterraron para siempre la arrogante frase que apenas un año antes el propio Mitre vaticinó ocurriría con la Guerra del Paraguay: “En 3 días en los cuarteles, en 3 semanas en la frontera, en 3 meses en Asunción”.

Boquerón es lo contrario. Árido, seco y polvoriento, sin ningún promontorio y con el único cobijo que ofrece el enmarañado bosque bajo del Chaco. Al revés que en Curupayty, nuestro ejército no defendía una posición, sino que la asaltaba. Y también al revés que en Curupayty, quien disponía de más hombres y material éramos nosotros y no el enemigo, que aislado en un cerco completo resistió hasta que la sed, el cansancio y la escasez de municiones forzaron su rendición.

La orden fue tomar el fortín a bayonetazos, abriéndose paso por la selva y la tupida cortina de acero disparada desde trincheras y nidos de ametralladoras bolivianos. No se logró por activa, pero sí por pasiva lo que dejó una lección que el entonces teniente coronel Estigarribia comprendió: en el infierno verde era más difícil capturar una posición que defenderla, lo que definió todo el resto de la contienda pues nuestras divisiones nunca más, salvo la breve campaña de Villa Montes, ya al final de la guerra, atacó ninguna posición fortificada.

¿Cuál es el hilo conductor entre ambas victorias? Que aprendimos de ellas. Aprendimos a pensar antes de actuar, aprendimos que la mejor arma de cualquier ejército no es la audacia, sino la inteligencia, y aprendimos a darnos valor como nación.

Curupayty y Boquerón son dos clases magistrales sobre todo lo bueno que tenemos y todo lo bueno que podemos ser. Ambas nos ofrecen lecciones no solo de abnegación y de valor, sino sobre todo de cuán importante ha sido siempre para el Paraguay obrar desde la humildad, pero “con pienso”.

160 años atrás, el pienso del general Díaz nos dio una victoria fulgurante en una batalla; 60 años después la lección de humildad que aprendió el teniente coronel Estigarribia nos abrió el camino a la victoria en una guerra.

Recordar en esta última semana de septiembre es pues reflexionar que lo que nos hará progresar como nación será siempre -como nos lo han mostrado Curupayty y Boquerón- actuar desde la humildad que da la verdadera inteligencia.

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