Hoy ese poder se diluye. Como advierte Jaime Durán Barba, vivimos un tiempo de new power: la fuerza de la gente común, que ya no escucha sermones desde el púlpito mediático, sino que dialoga, comparte, ironiza y cancela. En este escenario, los medios dejaron de ser intérpretes del mundo para convertirse en un actor más dentro del ruido digital.
Las campañas sucias, antes temidas, pierden eficacia. No porque la sociedad sea más ética, sino porque aprendió a desconfiar. El votante ya no reacciona al escándalo: lo administra. En un entorno saturado de mensajes, las agresiones políticas se diluyen como ruido blanco.
El viejo poder mediático creía “instalar temas”. Hoy solo amplifica lo que ya circula. La ciudadanía no busca verdades absolutas, busca coherencia con su experiencia cotidiana. Las operaciones de prensa se vuelven en contra: la gente no castiga la mentira, castiga la manipulación evidente.
Los equipos más inteligentes dejaron de pelear con periodistas y comenzaron a construir comunidad. Entienden que el mensaje no se impone desde arriba, sino que se infiltra en la conversación horizontal. La política ya no se trata de controlar la agenda, sino de interpretar las emociones colectivas.
En este nuevo orden, los medios tradicionales —grandes, lentos, verticales— chocan con un ecosistema de redes que funciona como enjambre. Los escándalos ya no destruyen candidatos: los transforman en personajes. El votante busca empatía, no solemnidad.
Las campañas sucias revelan, en realidad, la obsolescencia de quienes las diseñan. Son estrategias analógicas en un mundo digital. En vez de convencer, alimentan la antipolítica.
La política del futuro no se gana gritando más fuerte, sino entendiendo mejor. Y entender hoy significa aceptar que el poder ya no está en los medios, sino en las conversaciones que estos apenas alcanzan a escuchar.


