Esta semana fue expulsada una senadora y suspendido otro por uso indebido de influencias. El escándalo derivó de una filtración de una llamada telefónica en la que los aludidos se referían a colegas suyos como “los beneficiados de siempre” del reparto inescrupuloso de donaciones chinas al Estado paraguayo, pero lejos de escandalizarse por el reparto lo hicieron por no formar parte de él.
Ambos senadores fueron electos a partir de listas propuestas por una fuerza política emergente, Cruzada Nacional, que liderado por un tan atrabiliario como popular líder, Payo Cubas, arrastró tras su arrolladora candidatura un caudal inesperado de votos hacia sus listas parlamentarias, obteniendo nada menos que 5 bancas en el Senado.
El escándalo aireó un tema siempre recurrente en cualquier democracia representativa: la calidad de la representación en el Congreso Nacional, con apelaciones encendidas hacia si volver a las listas cerradas o perseverar con las abiertas (o “semi”, que es lo que tenemos en el Paraguay).
Escojo abordar el debate desde una perspectiva distinta: la senadora Yamy Nal o el senador Chaqueñito, ¿nos representan como Nación o a una parte de ella? ¿Y los demás? Mi respuesta es que sí, y con bastante rigor.
Me explico. Cuarenta y cinco senadores tiene la Cámara Alta, donde hay de todo, como en la sociedad paraguaya, trabajadores y no tanto, bribones, honrados y no tanto, gente recia, hecha a sí misma, pero también vividores y saltimbanquis; de hecho, hasta algún que otro intelectual y académico existe. El Senado es, pues, un muy buen espejo de lo que somos como país.
¿O acaso no tenemos todos algún amigo que lo sea más o menos según las circunstancias? Que dependiendo del viento que sople, ¿puede oscilar entre la chipa guasú y la sopa paraguaya, o ambas o ninguna? ¿No pululan alrededor nuestro los rico pyahu de oscuros antecedentes, a quien miramos con desdén pero, a la vez, con un poco de envidia referencial? ¿Nos resultan ajenos, quizá, quienes se llenan la boca en cualquier evento de barrio de la humildad de sus orígenes y de la honradez de sus actos, pero que en el fondo lo que verdaderamente lamentan es no haber tenido la oportunidad de aprovechar la oportunidad para “morder” del erario público?
Los Yamy Nal y los Chaqueñitos están entre nosotros, muy (muy) cerca, y acaso hasta deberíamos interpelarnos con honestidad si no estarían dentro nuestro, en los pliegues de nuestra alma, en lo recóndito de nuestros deseos, intenciones y querencias.
Dado que la nuestra es una democracia representativa donde la representatividad es directa para el presidente de la República y cuasi-directa –desde el desbloqueo de listas– para los legisladores, esto es: que la gente elige con nombre y apellido quién quiere que ocupe esos poderes del Estado, el juicio de si estamos bien representados no tiene que ver con la idoneidad de los representantes, sino con qué tanto se parecen a sus votantes.
Y visto lo anterior, el Senado de la Nación se parece mucho, muchísimo, a los votantes de la República del Paraguay, así que no esperemos de ellos dones, virtudes o valores distintos a los que tenemos los que los votamos.


