Opinión

Demasiado ruido

Eugenia Peroni (*)

| Por La Tribuna-

¿Te pasó alguna vez sentirte abrumado al tomar una decisión? Puede ser algo simple, como decidir si dejar pasar a un peatón cuando tienes un auto pegado detrás, o algo trascendente, como continuar o no en tu trabajo. A veces incluso, en medio de una reunión o al conversar con nuestros hijos, perdemos el hilo de lo que se dice. Es como si hubiera demasiado ruido alrededor: demasiadas variables, demasiada información que procesar y esa sobrecarga nos impide estar presentes en el momento.

Daniel Kahneman, en su libro “Ruido”, explica que vivimos en una sociedad marcada por este fenómeno. Define el ruido como la variabilidad en juicios que deberían ser iguales, lo que genera errores en áreas críticas, como la medicina, el derecho o las finanzas. Pero no solo afecta a esas disciplinas: también invade la vida cotidiana, llenando de confusión la mente de niños, adolescentes y adultos.

Somos, mientras consumimos videos en TikTok, mensajes en X o imágenes en Instagram, víctimas inconscientes del juicio ajeno. Construimos nuestro mundo y tomamos decisiones a partir de contenidos que poco tienen que ver con nuestras realidades, y mucho menos con nuestro desarrollo personal.

Estamos tan llenos de ruido que, cuando nuestros hijos nos hablan, a veces ni los escuchamos, perdidos en la pantalla. Esa incapacidad de discernir entre lo importante y lo banal refleja cómo la satisfacción inmediata desplaza a la proyección duradera.

A este exceso de información algunos expertos lo llaman infoxicación. Aunque solemos tomarlo a la ligera —porque “desestresa” o porque distrae a los niños en la cena— la realidad es que afecta la salud mental. Genera estrés, aumenta la ansiedad, reduce la concentración. Y lo hace porque las redes sociales nos exponen a estímulos constantes: sonidos, colores, mensajes breves, “contenidos basura” pero adictivos, que elevan la dopamina y nos obligan a buscar más y más.

En niños y adolescentes, el impacto es aún mayor: altera estructuras cerebrales ligadas al desarrollo del lenguaje y la lectoescritura, además de afectar la regulación emocional. Se activan los circuitos de recompensa, se generan dependencias y se desestabiliza el ánimo.

Conociendo todo esto, parecería lógico que elijamos limitarnos. Pero la dificultad está en el hábito: cuesta dejar de exponerse. Por eso la clave está en la conciencia, en reconocer las consecuencias y actuar con decisión.

La invitación de este artículo es justamente esa: a convertirnos en detectives del ruido. A identificarlo, filtrarlo y no permitir que nuestra mente se construya sobre la podredumbre del consumo, sino sobre elecciones que nos devuelvan claridad, presencia y bienestar.

  • Mag. En Política Social & Esp. en Montessori. Consultora en Educación, Fortalecimiento Institucional y Desarrollo de Programas.

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