Opinión

El guaraní y el algodón

Eran los primeros 90 y tocó ir a pasar vacaciones de invierno a un remoto pueblo del norte de San Pedro, muy cerca del río Ypané, de un verde exubera…

| Por Catilina
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dirt road with potholes in Brazildirt road with potholes in Brazil.

Eran los primeros 90 y tocó ir a pasar vacaciones de invierno a un remoto pueblo del norte de San Pedro, muy cerca del río Ypané, de un verde exuberante, un sol resplandeciente, un guaraní tan cerrado como omnipresente, donde el único atisbo del Estado era el rojo, seco y polvoriento camino vecinal, mes de por medio hecho transitable por la única motoniveladora del MOPC en 250 kilómetros a la redonda.

En esos días, el nuestro seguía siendo un país eminentemente agropecuario, pero donde el rubro de renta por excelencia era el algodón, que crecía en verano, se acopiaba en otoño, se vendía en invierno y se resembraba en primavera. El “oro blanco”, que se lo llamaba, no solo era un cultivo: era un estilo de vida, pues como su mecanización llegó mucho después su siembra, cuidado, y, sobre todo, su cosecha era un acontecimiento que unía a familias, congregaba a pueblos y unía a una nación por la enorme cantidad de brazos que precisaba y la breve ventana de oportunidad que la naturaleza –y los mercados– ofrecían.

Ese invierno fuimos con un grupo de amigos a sumar nuestros burgueses brazos a la faena de acopio que se realizaba en el pueblo, en su única acopiadora. Lo hacíamos con niños y jóvenes del sitio, que no está claro si nos enseñaban o nos retaban por lo muy mal que nos servíamos tanto de nuestras extremidades como de nuestras espaldas para enfardar y acomodar el algodón en los camiones.

Y digo que no estaba claro aquello porque lo hacían en un guaraní del todo ininteligible, pero que logré allí comprender cómo perduró a lo largo de los siglos: cuando te lo mastican con apremio y fastidio, ¡entra! ..., se entierra en tu cerebro y queda para siempre incorporado a tus entendederas, como el polvo del camino vecinal a tus aposentaderas.

Cada jornada terminaba con el tradicional partido de fútbol en el campo comunal, entre sombras de atardecer y vacas pastando, “ducha de pueblo” en el chorro más cercano, cena y fogata, donde recorríamos el catálogo de “póras” del lugar. Todo en la lengua de nuestros ancestros, pues en el pueblo ese era el único idioma oficial.

Y allí, entre selvas y sembrados, entre pequeños ranchos y extensos campos comunales, con el algodón como excusa, dos mundos se encontraron: el de la ciudad y el del campo. Realidades y sueños ciertamente tan distintos como distantes, pero en los que la referencia común eran la lengua y el fútbol.

Una lengua que fuimos sin entenderla los de la ciudad, pero que volvimos masticándola, y, con el tiempo (y más vacaciones en San Pedro), saboreándola en sus notas más esenciales, esas que el corazón no olvida porque es capaz de capturar la real naturaleza de las cosas con una sencillez tan humilde como abrumadora y, acaso por eso mismo, embriagante.

El guaraní precedió al Paraguay, lo gestó, lo crió y lo moldeó. No se entiende el Paraguay sin el guaraní, ni desde una lengua distinta a ella. Decir que el guaraní es una causa nacional es tan impreciso como injusto: el guaraní no necesita del Paraguay; es el Paraguay quien necesita del guaraní para no olvidar sus raíces y encontrar su lugar en el mundo.

Un lugar donde lo esencial se enuncia con muy pocas palabras, sí, pero tan dulces como rutilantes.

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