Paraguay cerró 2025 con un tablero que pocos vecinos pueden mostrar. La desocupación del cuarto trimestre quedó en 3,6 %, mínima de nueve años. Se crearon 119.000 ocupados netos y la tasa de ocupación llegó al 70,8 %. Entre 2023 y 2025 el país lideró en la región el aumento del empleo formal, según la OIT. El Banco Central puede exhibir un crecimiento del 4,2 % del PIB. En la planilla, el número cierra. En la casa, no siempre.
Más de 1,5 millones de ocupados siguen fuera de la seguridad social. La informalidad no agropecuaria rondó el 62,5 % en 2024; con el agro, el país se mueve entre 67 % y 68 %. Informal, aquí, no es un adjetivo moral. Es una definición operativa: no hay aporte al IPS, o el independiente no está inscripto con RUC. Es un empleo que paga poco, no acumula derecho y no sobrevive a un mes malo. No alcanza si entrar al sistema sigue más caro que quedarse afuera.
La dualidad se ve en la calle antes que en el boletín. El albañil de Encarnación cobra el jornal y no tiene cobertura si se lastima el lunes. La costurera de Ciudad del Este factura por mensaje y no puede mostrar ingreso cuando el banco le pide historial. El joven de San Lorenzo tiene trabajo, pero el trabajo no tiene recibo: no alquila con contrato, no saca un crédito chico, no cambia de empleador sin perder el mes. La madre que vende en el mercado de Caacupé sostiene la olla y no tiene un aporte que, dentro de veinte años, se convierta en pensión. Así trabaja buena parte del país.
La empresa también elige. Una pyme de muebles en Villa Elisa compite con un taller que no paga cargas. Si formaliza a los cuatro operarios, el costo no salarial sube y el precio de la silla no. El dueño no es evasor por vocación. Hace la cuenta. El que cumple queda más caro que el que no cumple, y el cliente distingue el precio, no el aporte. Donde el empleo formal es escaso, el municipio cobra poco, el predio no se valoriza y el profesional joven se va a Asunción. La macro brilla en el promedio. La micro se parte por distrito.
¿Por qué el 4,2 % no baja solo esa brecha? Porque el empleo nuevo puede nacer del lado barato de la raya. Crear 119.000 ocupados es una noticia. Si una fracción grande de esos puestos no aporta, no tiene contrato o no supera un piso de ingreso, el PIB sube y la movilidad no. La elasticidad entre crecimiento y pobreza se aplasta: hace falta mucho punto de producto para mover un punto de bienestar. Eso no se arregla con una pensión diseñada después del hecho, ni con un curso suelto. Se arregla en el costo de crear el puesto en blanco.
El mecanismo se puede escribir sin eufemismo. El salario de bolsillo es lo que el trabajador compara. El costo laboral total es lo que el empleador compara. Entre ambos hay cargas, trámites y un tiempo de inscripción que la pyme no tiene. Si esa cuña es alta y la probabilidad de ser detectado es baja, el equilibrio es el jornal sin recibo. Hace falta una regla que premie quedarse afuera. El independiente enfrenta la misma cuña: inscribirse y aportar no le abre, de inmediato, crédito ni compra pública. Paga el peaje y no recibe el puente. Mientras el costo llegue el primer mes y el beneficio llegue tarde, la decisión racional es seguir en la vereda.
Hay un segundo canal, menos visible. La informalidad deprime la productividad de la firma chica. Sin factura no hay proveedor estable; sin lote parejo no hay contrato con quien exporta o compra en volumen. El encadenamiento se corta en el primer eslabón. La empresa grande compra poco a quien no puede documentar. El crecimiento se concentra en pocas nóminas y el territorio queda con ocupación alta e ingreso frágil.
La respuesta no es una transferencia que compense el jornal bajo. Alivia el mes y no cambia el puesto. Lo que mueve la raya es bajar el costo no salarial de entrar, sobre todo en el primer empleo y en la pyme; poner la inversión pública en lo que abarata producir —ruta interior, riego, predio servido, escuela técnica del oficio que la planta pide— y no en gasto corriente que se diluye; y atar el encadenamiento a una condición verificable. Quien vende al Estado o a un exportador tiene que mostrar trabajadores en regla. El capital humano rinde si hay un puesto formal del otro lado. Sin ese puesto, el curso es un certificado.
El orden importa, y no es simultáneo. En 2026 el frente es formalizar: bajar el peaje y hacer que el recibo abra crédito y compra. En 2027, reasignar gasto hacia inversión que baje el costo de producir, no más transferencias. En 2028, una reforma tributaria que financie educación útil, no que encarezca al que ya produce en regla. Entre 2029 y 2030, cada inversión extranjera con incentivo tiene que dejar empleo local verificable, no solo un anuncio. Sin esa secuencia, una medida anula a la otra.
El test es hogareño, no de conferencia. Tiene que bajar la tasa de ocupados sin IPS, subir la parte del empleo nuevo en regla y moverse la pobreza con menos puntos de PIB. Si el 4,2 % sigue en el parte del Banco Central y el recibo no aparece en esos mostradores, el boom habrá sido real y la brecha también.
(*) https://cesaraddario.com/ Economista, analista económico de La Tribuna y asesor económico del presidente de El Salvador, Nayib Bukele.


