Este domingo la ciudadanía en todo el país tendrá la oportunidad de hacer ejercicio de memoria, de responsabilidad ciudadana, y visión de futuro al depositar su voto por tal o cual candidato a intendente y concejal municipal.
Para el lector avisado no escapa el hecho de que estas elecciones se dan en un contexto de pulseadas entre fuerzas e intereses políticos que exceden, por lejos, las prioridades y expectativas estrictamente locales.
Conviene hacer un poco de historia de cómo surgieron las Comunas, allá por el medioevo, cuando los vecinos de las pequeñas comunidades europeas comenzaron a organizarse para atender sus prioridades y necesidades locales mediante la ayuda mutua, y tener cierta autonomía y libertad ante el vasallaje impuesto por los señores feudales.
En nuestro país la autonomía municipal, tanto administrativa como política, es algo tardía. Nace con la Constitución de la República de 1992, que elimina la designación “a dedo” que ejercía el Poder Ejecutivo, y consagra a los habitantes de las ciudades y los departamentos del país el derecho a elegir mediante el voto directo a sus autoridades regionales (intendentes y gobernadores).
No obstante, el gobierno central se las arregló siempre para ejercer influencia y dominio sobre los esfuerzos de autonomía locales. Sea mediante la imposición de candidatos, aplicación de mecanismos de premios y castigos traducidos en apoyo en recursos, infraestructura y gestiones a intendentes alineados, y en contrapartida, privaciones de recursos, indiferencia, y hasta persecutas hacia aquellos municipios cuyos administradores no comulgan con los intereses del polo de poder dominante.
Frente a la parafernalia propagandística que precedió a estas elecciones, y de la logística desplegada, porque, no nos engañemos, la praxis política nos enseña que el resultado de unas votaciones en gran medida es consecuencia directa de la operación ejecutada durante el “día D”, en sus diferentes facetas, desde el acarreo de votantes, pasando por la estructura de operadores políticos rentados, y hasta la compra pura y dura de votos.
Ante esta realidad de hierro se impone una necesidad de vital importancia: que el ciudadano votante acuda a las urnas informado, conociendo a los candidatos, sus orígenes y su trayectoria, por encima del color o de los compromisos sectoriales.
Persuadido de que lo que está en juego son sus intereses, los intereses de su comunidad, y sus expectativas de cuál es la ciudad que quiere para vivir, donde desarrollarse como ciudadano activo, donde ver crecer y desarrollar a sus hijos.
Se impone la necesidad de conocer al candidato más allá de sus discursos de campaña. A qué intereses responde, su nivel de compromiso con sus vecinos, su grado de independencia respecto de factores de poder externos a los intereses de la ciudad que pretende liderar.
Estas elecciones son una oportunidad para que el ciudadano ejerza su derecho a elegir el destino de su comunidad, de la forma en que serán administrados sus recursos, su calidad de vida, de la ciudad en que quiere vivir. Una oportunidad para ejercitar la memoria, y demostrar su sentido de responsabilidad y compromiso ciudadanos.


