La violencia escolar pasa por Internet

Miguel Ángel Gaspar

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“Nemo repente fuit turpissimus”, escribió Juvenal, “nadie se vuelve perverso de golpe”. La violencia escolar tampoco estalla en el patio; se ensaya, se alienta y se aplaude antes en una pantalla. Y mientras los adultos fingen sorpresa ante cada nueva golpiza filmada, la pregunta incómoda sigue sin respuesta: ¿dónde estaban quienes debían mirar?

Los hechos recientes en Paraguay son conocidos, retos virales que empujan a los adolescentes a agredir y a filmar, palizas dentro y fuera del aula, bullying que ya no termina al sonar el timbre porque se prolonga en el ciberbullying las veinticuatro horas. Cada episodio es presentado como un hecho aislado. No lo es. Es el último eslabón de una cadena que empezó semanas antes, en un grupo de mensajería, en un video, en una plataforma donde nadie supervisaba nada.

Aquí aparece la marginalidad educativa que nace en casa. Hay niños criados por algoritmos, entregados a un dispositivo desde los dos años, sin reglas, sin horarios, sin un adulto que pregunte qué ven, con quién hablan o a quién admiran. Abandonados en Internet, aprenden allí lo que el hogar no les enseña, que la crueldad produce likes, que la humillación es contenido y que el más fuerte merece el aplauso. Luego asumen esas posturas como propias y las llevan al aula. Culpar solo al niño es cómodo; la responsabilidad empieza en quienes le entregaron el teléfono y se desentendieron.

Con acompañamiento y control parental, se vería lo evidente, toda la violencia escolar pasa primero por Internet. Las amenazas se anuncian, las citas para pelear se coordinan, los desafíos se difunden y las víctimas son señaladas públicamente mucho antes del primer golpe. Las señales existen. Falta quien las lea.

Tampoco los colegios salen indemnes. Muchos postergan la activación de sus protocolos, minimizan lo ocurrido para cuidar su reputación o esperan que el problema se disuelva solo. Cuando reaccionan, la víctima ya cargó con el daño.

El Ministerio de Educación y Ciencias completa el cuadro con su burocracia inacabable y su eufemismo favorito. No habla de expulsiones, sino de «cambios de ambiente». Quien lo sufre, demasiadas veces, es la víctima, que debe dejar su aula, su grupo y su rutina, mientras el agresor, menor de edad también, pero responsable de sus actos, permanece intacto. Es una inversión perversa: se castiga a quien sufrió y se protege a quien agredió.

Se necesitan tres cosas, ninguna complicada. Familias que ejerzan mediación y supervisión digital reales, no declamatorias. Escuelas que activen sus protocolos el primer día, no el último. Y un Ministerio que llame a las cosas por su nombre, aplique sanciones proporcionales y ponga a la víctima en el centro.

La violencia escolar no se improvisa, se prepara en Internet, a la vista de todos. Seguir mirando para otro lado ya no es ignorancia; es complicidad.

En palabras de Denpa Kyoshi: “Si no hay héroes que te salven, te tienes que convertir en héroe”.

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