Élites

Miguel Almada Frutos

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Aristóteles y Fray Angélico dieron en la tecla al describir acerca de cómo conocemos a los seres humanos. Cuál es el proceso a través del cual los conocimientos se albergan en nuestra cabeza primero, para después movilizarnos a la acción de un modo u otro.

Según ellos, aprendemos a través de los sentidos. Son estos quienes, al aprehender la realidad sensible –la que se ve, se toca, se oye, se gusta o se huele–, excitan a la razón a hacer lo que le es propio: memorizar, imaginar, valorar y sintetizar, de cuyo batiburrillo surgen los actos humanos.

Asumiendo que esto es cierto, nuestros conocimientos serán los que nuestra experiencia sensible nos haya brindado. Sea porque lo hayamos experimentado nosotros mismos o viendo lo que pasó a otro, o bien leyendo, contemplando o escuchando historias a través de la literatura, la pintura o la música.

El arte adquiere en este contexto una importancia suplementaria. Al gozo que el mero encuentro con la belleza ya nos provoca, se suma la sabiduría de acceder a través suyo a las historias –la experiencia sensible– de sus creadores, que al conocerlas nos hace más sabios porque a la experiencia nuestra, le sumamos la de la vida en los gulags en Dostoievski, las complejidades infinitas del amor humano en Flaubert o Stendhal, las dificultades de vivir coherentemente la fe y la razón en Unamuno o, la mejor de todas, Don Quijote de la Mancha o como nuestros sueños más ardorosos pueden desbarrancar en locura cuando dejamos de observar la realidad como lo que es para hacerlo como queremos que sea. La literatura es un atajo, así, para conocer más en menos tiempo. Ver el mundo desde los ojos de gigantes que han vivido antes y más intensamente, sin tener que pasar por el cáliz de esa vida.

Cuando observo la realidad, noto que a mi alrededor, e incluso más allá, en derredor de los líderes de opinión de este país, hay mucha, demasiada, acción basada en intuición surgida de experiencias sensibles propias o ajenas, pero próximas –lo que le pasó a mi primo, a mi amigo, al conocido de mi pareja– con la consecuencia que convertimos en reglas de experiencia inmaculadas a fórmulas de comportamiento o a juicios de la realidad pobrísimos en su contenido, pero sobre todo en su alcance.

Esto genera estrechez de miras y nos empobrece como personas y sociedades, pues todo lo que no haya sido validado previamente por mi experiencia o por la de mi estrechísimo círculo social no existe o es peligroso, y en cualquier de los casos está mal.

Las élites económicas, pero también sociales del Paraguay, sufren este síndrome de estrechez de miras porque no leen novelas –sino autoayudas– y porque no se animan a “viajar” allende las fronteras de su pequeño mundo de familiares y conocidos. Haciéndolo, cometen un error común: convencerse que el mundo se conoce mirando desde el centro a la periferia y no desde la periferia al centro. ¿Resultado? Completa desconexión de la realidad.

Las élites son imprescindibles en toda sociedad porque son como los lobos alfa que guían y protegen a la manada de sus enemigos naturales; el más importante, la desinculturación, que no debe confundirse con la incultura. La desinculturación ocurre cuando una sociedad olvida quién es y de dónde viene, y, al hacerlo, pierde su destino natural. Si no sabemos adónde ir, no podemos “perseverar en nuestro ser”, como decía Heidegger, por lo que somos presa fácil de la desesperanza primero y la neutralización después por absorción de otras culturas que sí han hecho el trabajo de dotarse de élites que hicieron el trabajo de guiar y proteger.

Conocer la realidad es salir al mundo al encuentro de los demás, y se sale no solo ampliando los círculos de relacionamiento, sino también los géneros de lectura.

Esto nos evitará el ridículo de caer en la pedantería de juzgar “al paraguayo” como si a todos les aplicaran los conceptos que recojo de mi minúsculo entorno, o de afirmar con rimbombancia que el romanticismo o la generosidad desinteresada han muerto, pues la que personificaron Mario Pontmercy o Jean Valjean en “Los Miserables” de Víctor Hugo la podemos seguir viendo en nuestra tierra en forma de una abuelita que envejece dignamente con su marido minusválido en un rancho de adobe y paja en Isla Poí, o en un cura de pueblo que tiene que ofrecer consuelo en 10 kilómetros cuadrados donde tiene distribuidos una parroquia para los que viven cerca, tres capillas para los que viven lejos y cuatro oratorios para los que viven en los confines.

Solo hay que salir y mirar más allá. Y animarse a leer novelas.

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