Los nuevos señores y el poder sin rostro

Por Nahuel Ayala.

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Tecnofeudalismo

Internet prometió democratizar el conocimiento y ampliar la libertad. También creó plataformas capaces de ordenar lo que compramos, miramos, pensamos y discutimos.

En Tecnofeudalismo, Yanis Varoufakis plantea que el capitalismo ya no dirige plenamente la economía. Las grandes plataformas no funcionan como mercados abiertos, sino como territorios privados. Quien quiera vender, trabajar, comunicar o hacerse visible debe entrar, obedecer sus reglas y pagar una “renta de la nube”. El comerciante se vuelve vasallo; el usuario, siervo que alimenta los algoritmos con búsquedas, fotos, opiniones y deseos.

Giuliano da Empoli describe la consecuencia política en La hora de los depredadores. Las redes dejaron de ser canales de comunicación y se volvieron campos de batalla regidos por normas privadas. Su negocio consiste en “subir la temperatura”: detectar fracturas, empujar a cada sector hacia sus extremos y convertir el enfrentamiento en participación rentable. Allí prosperan líderes que hacen de la agresividad y la ruptura de límites una demostración de poder.

Varoufakis explica quién posee la infraestructura; Da Empoli, qué clase de dirigente prospera en ella. Uno retrata al señor del feudo digital; el otro, al depredador que cabalga el caos. Juntos advierten algo incómodo: cuando la plaza pública pertenece a una empresa, la libertad de expresión puede seguir intacta, pero la visibilidad, el alcance y el clima emocional quedan administrados por sistemas que nadie eligió.

El problema no es la tecnología, sino la renuncia de la política. Da Empoli lo ilustra con un alcalde francés incapaz de lograr que Waze deje de enviar vehículos frente a escuelas. Varoufakis propone recuperar el espacio digital como bien común y devolver a ciudadanos y trabajadores el control de los datos y algoritmos que sostienen.

Para Paraguay, la advertencia es directa. Un Estado débil no conquista soberanía abriendo cuentas en redes ni posando con empresarios tecnológicos. Necesita reglas, capacidad técnica, protección de datos, competencia real y medios que documenten este poder.

La disputa no enfrenta a quienes aman la tecnología con quienes le temen. Enfrenta a sociedades que gobiernan sus herramientas con sociedades gobernadas por ellas. Si el algoritmo decide qué merece existir, la democracia conserva las urnas, pero pierde silenciosamente la plaza pública.

Fuentes: Yanis Varoufakis, Tecnofeudalismo; Giuliano da Empoli, La hora de los depredadores.

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