Las conversaciones intergeneracionales cuando tratan sobre asuntos relacionados a la historia reciente o más antiguas suelen comenzar con “ustedes eran muy jóvenes, pero…”.
Esto aplica en especial a la Generación Z (Gen Z), la que mueve masas apenas con un click y al que los gobiernos deberían tener un profundo respeto.
Así que ustedes Gen Z eran muy pequeños, pero en un tiempo reciente –unas dos décadas atrás, para ser más precisos– hubo un movimiento denominado “socialismo del siglo XXI”, promovido por un expresidente venezolano, Hugo Chávez Frías, un militar que pegó el salto a la política con un discurso populista y extendió sus tentáculos por varios países de América Latina. No sin antes destrozar el suyo.
No es necesario que les describa qué pasó con Venezuela después y cómo está ahora. Pero podría resumirles que vivió el resultado de una ideología que cercena derechos fundamentales y conduce a la pobreza con la falsa promesa de la justicia social.
Hugo Chávez, un ególatra y al que sus seguidores lo llamaban el “comandante eterno” (falleció en marzo del 2013), llegó al poder aprovechando una gestión dominada por la corrupción de su antecesor Carlos Andrés Pérez (centroderecha). Y abrió la puerta al surgimiento de dictadores disfrazados de autócratas.
América Latina, en especial nuestro barrio sudamericano, cierra un período electoral de dos años con una abrumadora mayoría de movimientos de derechas en el poder, algunos con políticos de raza y otros apostando por “outsiders”.
Estos lograron capitalizar el hartazgo ciudadano frente a la corrupción, despilfarro y un Estado ineficiente que no respondió a las necesidades del ciudadano de a pie. Por lo que una cosa deben tener bien clara: si bien buscan basar su éxito con orden público y fiscal, el mayor riesgo no es a quienes tienen del otro lado del espectro ideológico, sino perder el foco para lo cual fueron elegidos, administrar un país para todos. La Gen Z no espera compasión, exige oportunidades en tiempos hasta si se quiere récord.
El papa León XIV, cabeza de una Iglesia de más de 1.400 millones de feligreses, pero sobre todo un influyente jefe de Estado y líder global, con frecuencia utiliza el sentido clásico del humanismo en mensajes dirigidos a las nuevas generaciones e implica reconocer la dignidad de las personas, cuyo entorno social con frecuencia vive en vulnerabilidad estructural.
La polarización con discursos recurrentes sobre lo que hicieron los de la izquierda podría no convencer a la generación del click, que entiende que la simple confrontación cultural es más de lo mismo y que cuando la política solo se reduce a números se aleja de la gente, porque la tienen clara: buscan una política que conduzca con certeza al bienestar social, con enfoques de crecimiento económico como ejes hacia el bien humano más preciado: la libertad.
Por ello es clave no perder el enfoque humanista, hacerlo conduciría a un error estratégico, pero sobre todo marcar el retorno de los populistas de izquierda.
El ganador del premio Pulitzer por su obra “Armas, gérmenes y acero”, Jared Diamond, se pregunta en su libro “Crisis, cómo reaccionan los países en los momentos decisivos” si son necesarias las crisis y el papel de unos líderes específicos: y si experimentar turbulencias agudas forma parte del crecimiento. Su primera afirmación es que “si bien es cierto que hoy abundan los dirigentes ignorantes, también los hay quienes leen con frecuencia y tienen más facilidades para aprender las lecciones de historia que en el pasado”.


