Los niños, la tecnología y la soledad digital

Por Miguel Ángel Gaspar miguel.gaspar@tekhnos.com

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Los niños, la tecnología y la soledad digital

Vivimos una paradoja que la pediatría social aún no termina de nombrar, nunca antes protegimos tanto el cuerpo de un niño, ni descuidamos tanto su mente. Les prohibimos el enchufe, pero los entregamos al algoritmo; les exigimos casco para la bicicleta, pero hacemos silencio absoluto frente a la pantalla que le habla toda la noche. Hemos normalizado, por cansancio, por ignorancia o por comodidad, aquello que jamás toleraríamos en la calle, que un desconocido converse a solas con nuestro hijo durante horas, que le pida fotos, que le ofrezca dinero fácil, que le enseñe a apostar antes que a sumar.

La Declaración Conjunta de Naciones Unidas sobre Inteligencia Artificial y Derechos del Niño, suscrita en enero del 2026, no elige eufemismos: la mayoría de los sistemas de IA que hoy usan nuestros hijos no fueron diseñados pensando en ellos. Los números lo confirman con frialdad clínica. En Estados Unidos, los casos de abuso infantil facilitado por tecnología pasaron de 4.700 en el 2023 a más de 67.000 en el 2024.

Unicef, Ecpat e Interpol relevaron que al menos 1,2 millones de niños vieron su imagen manipulada en deepfakes sexuales durante el 2025, con un salto del 26% en material de abuso generado por IA. En Paraguay, gremios del propio sector del juego admiten lo que las familias sospechan, plataformas de apuestas ilegales, sin verificación de edad, ni autoexclusión, convierten a niños de once y doce años en jugadores compulsivos que pagan sus deudas con imagen propia.

A esto se suma un fenómeno más silencioso, el reemplazo del vínculo humano. Una encuesta reciente halló que cuatro de cada diez adolescentes le confían su estado de ánimo a un chatbot antes que a un padre, una madre o un amigo.

La ciencia ya advierte el costo, quienes llegan solos a la inteligencia artificial suelen irse de ella más solos todavía. La OMS reconoce el trastorno por videojuegos desde el 2019; los circuitos de recompensa de un cerebro en formación no distinguen entre una notificación y una apuesta. Es neurobiología, no moda.

No es la primera vez que Paraguay sacrifica a su niñez. El 16 de agosto de 1869, en Acosta Ñu, cientos de niños enfrentaron a un ejército veinte veces superior porque a la patria ya no le quedaban hombres. Ocho horas después, el campo ardía con sus cuerpos. Por eso, y no por casualidad, elegimos esa fecha para celebrar el Día del Niño, para no olvidar lo que cuesta la desidia de los adultos.

Hoy no hay fusiles, hay dispositivos entregados sin supervisión y un silencio adulto que se parece demasiado a aquella retirada. La pregunta no es si amamos a nuestros niños, evidentemente sí, sino si estamos dispuestos, otra vez, a dejarlos solos en el campo de batalla.

Tom Robbins dijo: “Nunca es demasiado tarde para tener una infancia feliz”.

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