Comenzamos a transitar el cuarto año de mandato del actual período de gobierno, y la ciudadanía sigue esperando que se concreten las expectativas de “estar mejor”. Es justo reconocer el esfuerzo del titular del Ejecutivo por ubicar al Paraguay en el mapa del mundo, orgulloso y altivo, ocupando el lugar que merece, tal como afirmó durante su informe de gestión ante el Congreso.
Existen esfuerzos significativos para abordar problemas estructurales, como el programa Hambre Cero, el esfuerzo por la diversificación económica, la promoción del país buscando atraer inversiones, cuyos resultados seguramente no se verán a muy corto plazo.
Sin embargo, persiste el modelo agroexportador —nos ufanamos de poner en el mercado internacional una de las mejores carnes del mundo, de ser una potencia en la exportación de soja, en la producción de energía limpia, pero persiste la poca industrialización.
Un informe del Indicador Mensual de la Actividad Económica (Imaep) del Banco Central del Paraguay (BCP), publicado en junio pasado, señala que el sector primario se erige como el principal soporte del crecimiento nacional.
Mide la cuestión macro, pero en el contexto se pierde, por ejemplo, situaciones como las de los pequeños productores de yerba mate. Un rubro tradicional que oxigena la economía de miles de familias campesinas, pero que está en franca agonía.
De nada sirve que una nación sea el número uno en exportación de alimentos, que tenga energía abundante, una tierra generosa y fértil, si su gente no la pasa bien. Si el beneficio de esos privilegiados recursos favorece a corporaciones agroexportadoras que agotan los recursos y dejan migajas al país.
Se habla de “grado de inversión” conquistado, de “seguridad jurídica” para inversores extranjeros, de baja carga impositiva, entre otras ventajas. El pueblo de a pie no entiende mucho sobre estos temas, pero siente en carne propia el fenómeno de que cada vez lleva menos mercadería del supermercado con el mismo dinero.
En la “macro” economía marchamos sobre rieles, pero nos empantanamos en la “micro”. Para Juan Pueblo llegar a fin de mes es una odisea, y llenar la canasta familiar es una utopía.
Encontrar un trabajo estable en un país con más del 60 por ciento de informalidad laboral, según expertos, se convierte en una misión imposible.
En materia política, se observa un pernicioso copamiento por parte de un sector partidario, fenómeno que no contribuye al fortalecimiento de la democracia. Se mantiene el sistema clientelar de distribución de cargos y recursos del Estado entre parientes y favorecedores de políticos en funciones y altos funcionarios judiciales, generando malestar en la sociedad.
Instituciones de la república corroídas provocan inseguridad, frustración social, y desconfianza ciudadana en el modelo democrático como herramienta válida para dar respuestas a las expectativas de la sociedad.
Es plausible el esfuerzo por poner al Paraguay “orgulloso y altivo” en el mapa del mundo, pero estas condiciones deben estar motorizadas por su crecimiento integral, desde adentro. Según un análisis del economista Luis Rojas, la inversión en salud y educación en nuestro país es apenas del 3% y del 3,5% del PIB, respectivamente. Con este panorama la cuestión se pone cuesta arriba.
La fortaleza de una nación se mide por ejes tales como el bienestar de la gente (económico, salud, educación), confianza en las instituciones, garantías de seguridad (personal, jurídica). Observemos si estos postulados se cumplen, y tendremos el mejor diagnóstico de gestión de gobierno.


