No es tan simple como decir que la opinión ajena no importa. La validación de los otros sostiene afecto, resguardo, redes de contención, oportunidades y desarrollo. Ese aprendizaje empieza en la familia y continúa en el barrio, la escuela, la universidad, el trabajo y hasta la canchita de la plaza.
Los grupos humanos, como muchas especies, organizan jerarquías, códigos, señales y límites. Aparecen en un gesto, un silencio o una mirada. Cada espacio marca quién pertenece, quién lidera y quién queda afuera. Salvo las medusas, que no tienen cerebro ni vida social y se mueven por reflejos básicos. Algo que también puede observarse en ciertas oficinas.
La sociedad moldea a la persona. Quien desafía sus normas puede ser marginado, incomprendido o convertido en una rareza. A veces ese costo se compensa con otros valores, resultados o talentos; otras veces no. Negar esa realidad sería ingenuo. Esta columna tampoco propone una fantasía de aislamiento heroico ni, espera su autor, un diagnóstico clínico sobre sí mismo.
La pregunta importante aparece cuando entendemos el juego: ¿qué hacemos con esa información? Saber que la aprobación existe no obliga a vivir persiguiéndola. La madurez consiste en medir el precio de cada decisión y elegir qué voces merecen influir en nuestro rumbo. No toda crítica exige respuesta; no toda invitación merece aceptación; no toda tendencia ajena debe convertirse en mandato propio.
Para eso hacen falta claridad sobre el camino, conciencia de los sacrificios necesarios e introspección para detectar cuándo seguimos la corriente solo por miedo a quedar afuera. La validación debe reducirse a un núcleo pequeño y honesto: quienes conocen el proceso, pueden señalar errores con fundamento y no necesitan aplaudirnos para seguir cerca. Puede incluir a la familia, pero no por obligación. Ni siquiera los padres deben cargar con el deber de repartir palmaditas en la espalda.
Cuando esa libertad se vuelve consciente, los celos, las comparaciones y las observaciones externas pierden el control del volante. Queda espacio para una crítica constructiva, pero entra por decisión propia. La personalidad también se construye y se moldea. La condición es saber qué queremos, hacia dónde vamos y por qué. De lo contrario, terminaremos organizando la vida alrededor de lo que otros esperan, miran y validan. Y hoy las redes no le están dando espacio a que las personas entiendan este proceso, y se terminan perdiendo en el algoritmo de alguien más.


