“La corrupción de los jueces es la ruina del Estado”

Por Juan Augusto Roa (Encarnación).

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“La corrupción de los jueces es la ruina del Estado”.

“La corrupción de los jueces y los magistrados es la ruina del Estado”, afirmaba el filósofo romano Cicerón. A más de 2.000 años de distancia, su sentencia tiene plena e indiscutible vigencia.

Marco Tulio Cicerón fue jurista y político, y cuando hablaba de jueces y magistrados se refería a los funcionarios públicos y políticos de su tiempo, el siglo I a.C., que coincidió con la etapa de decadencia y el fin del modelo conocido como la República, al que siguió el período del Imperio romano.

Precisamente la corrupción institucionalizada, las ambiciones de grupos de poder fáctico, la decadencia moral de quienes debían velar por la justicia y los derechos ciudadanos derivaron en la crisis y muerte del modelo.

Cicerón afirmaba que la justicia y la ley pierden su valor cuando los que deben aplicarlas se corrompen, y la reflexión viene a cuento de un hecho reciente que puso en el foco de la atención en una funcionaria de la Corte Suprema de Justicia (CSJ), conocido como el de la “relatora VIP” y su vertiginoso crecimiento patrimonial.

Tras el escándalo público, la funcionaria fue desvinculada de su “comisionamiento” a la Itaipú y volvió a su puesto original. Se la utilizó como un “fusible” para proteger el “sistema”.

El caso es apenas una anécdota dentro de un escenario donde nos encontramos “mafias de los pagarés”, robos escandalosos en el IPS, políticos en función de gobierno negociando con el Estado, con su parentela en puestos públicos, como el de una nuera de un ministro de Corte con permiso pagado para estudiar en Europa, policías con autos “mau”, y la lista puede continuar.

Cuando se aniquila la justicia, se violenta la ley, se avasallan los principios democráticos, el resultado es un “Estado fallido”. Un ámbito donde, como decía el sabio romano, la justicia y la ley pierden su valor. No es casual el avance de los hechos criminosos en el país, la expansión de la inseguridad, el miedo.

Los paraguayos necesitamos instituciones que garanticen el modelo democrático y no que lo socaven desde adentro. Necesitamos superar ese mal endémico que llevamos metido en los tuétanos: la corrupción y su alter ego, la impunidad.

Paraguay tiene todo para ser ese país gigante que todos —o casi todos— queremos. Para ello necesitamos instituciones de la República integradas por patriotas al servicio del pueblo y no oportunistas, que aprovechan su cuota de poder para servirse impunemente de los recursos del Estado y nos empujan a la ruina moral y material.

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