Cuando tenía 13 años y me preguntaba qué iba a ser de mi vida, tomé tres decisiones: hacer radio, cultivar una mirada sociológica y practicar artes marciales chinas. Tenía prejuicios contra las escuelas japonesas y coreanas por su competencia basada en puntos. Eso cambió cuando conocí la dureza del karate kyokushinkai y del taekwondo tradicional.
Practiqué kung fu norteño, boxeo occidental y, durante diez años, baguazhang, el boxeo chino de las palmas abiertas. Antes de la vorágine de La Tribuna, pasaba un par de mañanas por semana en Ñu Guasu, practicando karate bushido con el maestro Tomás González.
Antes de casarme, al elegir una casa buscaba espacio para la productora y un tatami. Las ganas permanecen, aunque el tiempo apenas me permite ir al gimnasio. También sobreviven ciertos hábitos: todavía me descubro endureciendo las manos contra una butaca o una mesa de madera.
Y el punto central: las artes marciales no son solamente físicas; exigen constancia, meditación y trabajo sobre el ego. Para aprender hay que vaciarse; es decir, abandonar la necesidad de tener siempre la razón o de convertir cada diferencia en una disputa que alguien debe ganar.
En las organizaciones, el ego transforma al compañero en oponente y toda conversación en una competencia por imponer posiciones. Así se pierde de vista lo esencial: detrás de ellas existen intereses y capacidades que pueden complementarse. Separar a las personas del problema permite dejar el enfrentamiento cara a cara y colocarse lado a lado para resolverlo.
Soltar el ego no significa perder confianza ni criterio propio; significa aprender una firmeza sin rigidez y una flexibilidad sin sumisión. En el tatami, una postura da equilibrio, permite leer la fuerza ajena y responder sin desperdiciar energía. En una empresa ocurre lo mismo: su postura se expresa en cómo escucha, cede, sostiene límites y se adapta.
El agua no combate contra la roca, sino que la rodea, la abraza y la transforma. Una organización madura tampoco crece aplastando resistencias ni premiando egos, sino convirtiendo diferencias en movimiento compartido. Cuando cada integrante puede aportar sin defender su lugar como un territorio, competir deja de ser vencer al otro y pasa a ser superarse juntos. Esa es la disciplina que construye equipos: práctica para escucharse, postura para sostenerse y humildad para avanzar.


