¿Hemos madurado?

Por Juan Carlos A. Moreno Luces.

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La madurez política es un concepto que, aunque suena idealista, se vuelve cada vez más urgente en un mundo donde el fanatismo y la polarización dominan el discurso.

La madurez política es un concepto que, aunque suena idealista, se vuelve cada vez más urgente en un mundo donde el fanatismo y la polarización dominan el discurso.

El reto es claro: dejar atrás la defensa ciega de un partido que se ha transformado en un ícono casi religioso, donde los políticos son tratados como ídolos infalibles. Esta narrativa, que se alimenta de la amnesia selectiva, en la que solo se recuerdan los errores del adversario mientras se ignoran los propios, es un claro indicador de la falta de madurez política en nuestra sociedad.

La maduración política implica un cambio de paradigma: pasar de la defensa apasionada a la razón y la reflexión. En este sentido, el fin del dogmatismo se convierte en un imperativo; reconocer que nuestro grupo político puede errar y que la lealtad no debe cegar nuestro juicio es un signo de verdadera fortaleza.

Las próximas elecciones presidenciales no serán un mero trámite, sino un verdadero campo de batalla donde la madurez política será la clave para determinar el futuro del país. Más bien, parecen responder a intereses sectoriales, lo que provoca una desconexión con las necesidades reales de la población.

En la oposición, la falta de liderazgo es palpable. Esta situación se asemeja a una “bolsa de gatos”, donde cada uno tira en direcciones diferentes, sin un propósito común.

La maduración política no es solo un ideal; es una necesidad urgente si queremos salir de este ciclo de crisis. La capacidad de un candidato para llevar adelante un proyecto de gobierno se basa en su credibilidad y en la habilidad de formar consensos.

Así, el futuro político dependerá de nuestra disposición a encontrar caminos hacia el entendimiento y el acuerdo. La ciudadanía tiene la responsabilidad de exigir cuentas claras y de participar de manera activa en la política, no solo en tiempos electorales, sino en el día a día. En este contexto, la pregunta que queda es: ¿estamos realmente dispuestos los paraguayos a dejar atrás el fanatismo y a construir un diálogo que beneficie a todos?

Dudo y asumo que los egoísmos impiden dar este paso de calidad y patriotismo, borrando de un plumazo lo idealizado.

No somos capaces de entender que podemos ser diferentes y de vivir en una tierra bendecida y no maldita por el infortunio, según la profecía del gran maestro Augusto Roa Bastos.

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