En 1991 nuestro país generaba casi 13 veces la energía que consumía. En 2023, un poco más de 2. El dato contiene el relato: más de cuarenta años sin invertir en generación mientras la demanda se disparaba. Solamente en 2024, la demanda creció 18%, uno de los números más elevados a nivel global. El propio Plan Maestro de la Ande acumula obras que ya debían estar operativas. Entre el 2030 y 2031 consumiremos todo lo que producen Itaipú, Yacyretá y Acaray. La crisis no se anuncia: ya empezó.
Frente a este escenario conviene distinguir dos industrias que parecen iguales y son opuestas. Un centro de datos de inteligencia artificial no se puede modular: un entrenamiento interrumpido se pierde, un servicio caído rompe contratos. Exige disponibilidad permanente, redundancia Tier 4 y un ancho de banda internacional del que Paraguay hoy está muy lejos. Alcanzar ese estándar demanda decisión e inversión inmediata en conectividad, porque cada semana de demora es un inversionista que desembarca en otro país, donde la fibra ya espera.
La minería de Bitcoin hace exactamente lo contrario, ya que es la única industria electrointensiva que puede apagarse en minutos sin perder nada. Cuando la red se tensiona, cede energía; cuando sobra, la absorbe. No compite con las casas en los picos; los alisa. Paga tarifa plena, reserva potencia y le da a la Ande caja y previsibilidad mientras llegan las nuevas fuentes. Solamente en 2025, estas industrias tuvieron más de 870 horas de modulación, lo que significa más de un mes en total. ¿Cómo podrá cumplir el Sistema Interconectado Nacional con una industria que tolera apenas 18 minutos de corte al año, si hoy modula más de un mes a su cliente más rentable?
El escepticismo dirá que ambas consumen lo mismo. En el medidor, sí. En la curva de carga, son el día y la noche: una exige energía firme que no tenemos; la otra convierte excedentes en ingresos que sí necesitamos. Apostar a las dos con los mismos megavatios no es diversificación; es no entender la física del problema.
Mientras tanto seguimos exportando el excedente a Brasil a precio de tratado. El momento de negociar el Anexo C era cuando el vecino dependía de nuestra energía; ya perdimos ese tren. Cada megavatio que cruza la frontera es transmisión, distribución y generación que no se construyen acá. Mientras más exportemos, menos infraestructura tendremos y menos preparados nos tomará la crisis.
El planteo es adelantar la crisis; es decir, usar la urgencia de hoy para que la Ande recaude más, para que los privados respondan más rápido, para que el corredor bioceánico y las nuevas fuentes dejen de ser presentaciones. La energía que exportamos vuelve en compensaciones de tratado y la que invertimos acá vuelve en desarrollo para el país.
Todavía estamos a tiempo de elegir entre ser potencia o ser cable. Los trenes, como las crisis, no avisan dos veces y ser soberanos no puede ser un discurso guardado en el bolsillo.


