En uno de esos asados entre amigos, donde generalmente hablamos de todo para no resolver nada, discutimos si existe la grieta social o no, si la polarización política es necesaria en una campaña presidencial, si hay un solo grande en el fútbol paraguayo —como el astro Sol, y que los demás son planetas alineados a él—, donde divagamos entre anécdotas del pasado que se reconstruyen con la memoria del presente y muy probablemente cambien el relato en un futuro cercano. Allí, en ese lugar de confianza, entre cortes vacunos y bebidas espirituosas, donde terminamos exponiendo lo más profundo de nuestras propias luchas y nos abrimos sin filtros entre los que elegimos como familia en esta vida.
Uno de los que rodeaba la mesa aprovechó un momento de silencio para compartir no solo parte de un proceso personal, sino también exteriorizar una deficiencia estatal, pocas veces mediatizada.
“Con mi esposa, decidimos adoptar”, dijo.
Todos nos quedamos mirando atentamente cómo seguía el relato. Estudios previos, un pensamiento que ya venía rondando desde que eran novios, la socialización interna de un deseo que se exteriorizó luego, y el amor como vínculo perfecto del sentimiento más noble que un ser humano puede abrazar.
“Queremos que sean tres hermanos”, puso como contexto de que no deseaban separar a ninguno.
Aplaudimos, felicitamos, nos emocionamos en jauría. No me equivoco de sustantivo colectivo, estábamos entre los perros. Valía un fondo blanco ya en ese momento.
“Hace ya dos años y medio que estamos esperando”, rompió la celebración fugaz.
¿Cómo que dos años y medio? Si ya presentaron todos los documentos, si ya se sometieron a todos los estudios exigidos, ¿por qué se espera tanto para adoptar hijos? Algo no cuadraba en la ocasión. Si una madre natural espera 9 meses para que llegue el bebé, ¿por qué alguien que desea adoptar debe esperar dos años y medio y contar todavía el tiempo?
Me van a decir que no es matemática natural simple y coincido: debería ser más rápido que esperar un parto natural o programado. Ahí es donde nos cae la ficha de la realidad. En Paraguay, es más práctico negociar con una enfermera que tiene el contacto directo con miles de mujeres embarazadas, para “adoptar” por debajo de la mesa de la burocracia y salvar la vida de aquellos bebés que, en medio de la desesperación de la madre, debaten entre la vida y el abandono absoluto. No es una apología del delito; es una descripción de la realidad. Es lo que cuentan las propias enfermeras.
Existe un proceso estatal hoy que te empuja a pensar con la desesperación, abandonando toda esperanza. Es un sistema que te invita a mirar de frente a la mismísima frontera de trata de niños y sentirte seducido por ella: “estás haciendo un bien, no te preocupes por el resto, nadie se va a dar cuenta”. Es así que en vez de agilizar el proceso para que prevalezca el derecho del niño, encontrando un hogar donde será amado y protegido, el propio sistema creó el espacio oportuno para que se haga eco en altoparlante su mayor verdugo: el susurro del diablo.


