Hay partidos en los que el primer tiempo no define nada, pero explica casi todo. Un equipo puede tener la pelota, generar situaciones, mostrar una idea clara y hasta jugar mejor que el rival. Pero cuando vuelve del vestuario, el marcador empieza a pesar. Ya no alcanza con decir que se hicieron bien las cosas; hay que hacer los cambios correctos, corregir lo que no funcionó y, sobre todo, convertir las oportunidades en goles. Santiago Peña entra exactamente en ese momento de su gobierno. Ya pasaron tres años. El primer tiempo está jugado y ahora empieza el tramo en el que la gestión será juzgada menos por las intenciones y mucho más por el resultado.
Paraguay puede mostrar crecimiento, estabilidad e inversiones. Sería absurdo desconocerlo. Pero la economía que importa políticamente no es solamente la que aparece en una planilla, sino la que llega al bolsillo. El desafío es que el crecimiento se convierta en mejores ingresos, empleo de calidad, capacidad de ahorro y menor angustia frente a cualquier gasto inesperado. Con la salud ocurre algo parecido; construir hospitales, incorporar tecnología o digitalizar sistemas son avances necesarios, pero el ciudadano no mide la gestión por metros cuadrados ni por anuncios. La mide cuando necesita un medicamento, consigue un turno o llega a una urgencia. En el segundo tiempo, la posesión ya importa menos que el gol.
También hay una ventaja política evidente: Peña gobierna con estabilidad, mayoría y una estructura partidaria sólida. Horacio Cartes conserva un liderazgo importante y Pedro Alliana aparece cada vez más ligado a la continuidad. Esa fortaleza puede facilitar decisiones, pero también elimina excusas. Cuando se tiene poder para ejecutar, aumenta la responsabilidad por lo que no se ejecuta. Y si además comienza a jugarse la sucesión de 2028, el desafío será evitar que la campaña electoral empiece a ocupar el lugar de la gestión antes de que termine el partido.
Otro punto que merece atención es la relación con la crítica. Es cierto que los medios tienen propietarios, intereses, errores y líneas editoriales. Pero desde el poder existe siempre la tentación de considerar adversario a quien incomoda. La respuesta a una información equivocada debe ser un dato mejor; la respuesta a una denuncia, transparencia; y la respuesta a una crítica, resultados. Un gobierno fuerte no necesita ganar todas las discusiones mediáticas; necesita que la realidad termine siendo su mejor argumento.
Peña habló desde el inicio de su mandato del “resurgir de un gigante”. Es una imagen ambiciosa y potente, pero justamente por eso la vara también es alta. Un gigante no resurge solamente porque crece el PIB. Necesita salud que responda, educación que funcione, energía suficiente, instituciones confiables, infraestructura y ciudadanos que sientan que el progreso también los alcanza. Quedan dos años. Es tiempo para hacer cambios, corregir posiciones y acelerar donde el equipo todavía no encuentra profundidad. Pero el segundo tiempo tiene una diferencia con el primero: el reloj empieza a correr más rápido. Y cuando llegue el pitazo final, nadie preguntará cuánto tuvo la pelota el Gobierno. Mirarán el marcador.


