Aldo, antes de la caída

Por Mariano Nin.

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Aldo, antes de la caída.

La historia de Aldo comenzó mucho antes del final que conocimos.

Comenzó en un salón de clases. Con un cuaderno ordenado, buenas notas y una familia orgullosa de ese hijo que soñaba ser médico.

Aldo era un buen chico. Inteligente, proactivo, de esos que todos pensamos que tienen futuro.

Pero a veces la vida pone en el camino personas equivocadas, decisiones que parecen pequeñas y puertas que, cuando se abren, después cuesta muchísimo volverlas a cerrar.

Primero vinieron los amigos, otros lugares, otras costumbres.

Y casi sin darse cuenta, aquel estudiante aplicado empezó a caminar hacia un lugar del que muchos no consiguen regresar. Porque la droga es así. Muchas veces llega disfrazada de curiosidad, de aceptación, de culpa.

Hasta que un día la persona deja de controlar la sustancia y la sustancia empieza a controlar a la persona. Me consta que Aldo intentó salir. Varias veces. Yo lo sé, aunque haya personas que juzguen sin conocer la historia detrás del personaje. Él se cansó de su propia caída.

Buscó cambiar. Intentó emprender, se puso a vender asaditos que de verdad eran sabrosos.

Quiso empezar de nuevo, puso esfuerzo, tuvo proyectos, buscó una oportunidad. Pero los negocios no funcionaron, las puertas no se abrieron y la pobreza empezó a empujar más fuerte que sus ganas.

Y entiendo que cuando alguien pierde las oportunidades, pierde el apoyo y pierde la esperanza, y la calle muchas veces termina convirtiéndose en el último refugio.

Aldo terminó robando y ni siquiera fue para sobrevivir; robaba para conseguir droga. Con el tiempo ni su propia familia lo reconocía.

La historia de Aldo no es solamente la historia del amigo, es la historia de miles de familias en el mundo.

Según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, cerca de 292 millones de personas consumieron alguna droga en 2022 y alrededor de 64 millones padecían trastornos por consumo de drogas; es decir, una dependencia que requiere atención y tratamiento.

Nosotros leemos las estadísticas, pero las estadísticas son frías, son solo números y a mí me gusta ponerles un rostro. Hoy es el de Aldo.

Detrás de cada estadística hay una madre esperando una llamada, un padre preguntándose en qué momento perdió a su hijo. Hay hermanos que cargan culpas que no les corresponden.

En Paraguay, la realidad también golpea fuerte. Los registros del Centro Nacional de Prevención y Tratamiento de Adicciones muestran un aumento importante en las consultas por problemas relacionados con consumo de sustancias: pasaron de 16.704 atenciones en 2021 a más de 31.000 en 2024, reflejando una demanda creciente de ayuda.

Aldo no nació siendo un delincuente. Yo lo conocí y era un buen chico que tomó malas decisiones.

La historia de Aldo no es aislada, la vemos en la tele, en los diarios, en las redes con un solo nombre común: CHESPIRITOS.

Y sí, estamos cansados de ellos porque entran a las casas a robar, piden “peaje” en las calles, roban cables en las cuadras y son un peligro.

Castigamos al que cae, pero no acompañamos cuando alguien empieza a caer. Esa es la realidad.

La historia de Aldo se repite en miles de familias. Crece frente a nuestras narices. Y quizás creemos que no podemos hacer nada. Pero tal vez sí.

Tal vez la solución comienza mucho antes del delito, en la familia, en la escuela,

en las oportunidades, en una mano tendida antes de que sea demasiado tarde.

No pienses una respuesta. No ahora. Mejor ensayemos una solución.

Quizás sea la forma de empezar.

Pero esa… es otra historia.

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