“Te voy a decir la verdad…; murió”. Así, sin anestesia, con una frialdad capaz de cortar el aire y partir la línea temporal en dos, sonó el teléfono hace exactamente trescientos sesenta y tres días. Al otro lado, una voz arrojó la frase que nadie está preparado para sostener; la confirmación Wde que habías llegado sin avisar, quebrándolo todo en un segundo cualquiera. ¿Cuánto puede doler una realidad irreversible? ¿Cuánto tiempo es posible correr para intentar esconderse del vacío que dejas a tu paso?
Desde aquel día habitó un territorio distinto, un espacio en sombra donde he tenido que aprender el áspero oficio de respirar por simple inercia luego de que aquel accidente te abriera la puerta. En el vacío de este año, he caminado tan cerca de tu silencio que he llegado a preguntarme si tu presencia y Dios son, en el fondo, una sola cosa.
Nuestros caminos ya se habían cruzado, ya que habías irrumpido en mi historia en previas estaciones, y en ninguna de aquellas ocasiones tu presencia trajo consuelo. Sospecho que nadie te aguarda con los brazos abiertos, pero, dueña de una insistencia implacable, siempre encuentras el modo de volver.
Y cuando atraviesas el umbral, tienes la implacable crueldad de arrasar con toda la estructura interna de una vida y, al mismo tiempo, imponer la condena de tener que seguir de pie al día siguiente.
En estos meses he caminado a tu lado, me he sentado contigo en la mesa en silencio y he dialogado contigo mucho más de lo que he hablado con el mismo Dios. Y en el vacío de ese diálogo mudo, entre preguntas sin respuesta sobre si existe un umbral más allá de tu dominio, he comprendido nuestra mayor tragedia como sociedad: el empeño obsesivo por negarte. Nos escondemos de tu certeza y silenciamos tu existencia, creyendo que al ignorar tu sombra compramos tiempo, cuando en realidad solo nos vaciamos del presente.
Nunca te tuve miedo por mí, jamás me asustó tu sombra sobre mi propio cuerpo, pero no me había hecho a la idea de que podías destrozarme a través del otro. Ese es, quizá, el verdadero precio de no estar solos en este mundo, el altísimo precio de amar.
Hoy te miro de frente y te nombro sin eufemismos: muerte. Tras este año habitando tu silencio, entiendo que tu crudeza no es castigo, sino el bisturí que disecciona nuestra necedad. Nos arrancas la ilusión del “para siempre” no para destruirnos, sino para obligarnos a habitar, por fin, la urgencia de este instante.


