Puerto de esperanza

Por Christian Torres

| Por La Tribuna
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Puerto de esperanza

El barco hacía agua por todos lados. La zozobra era inminente. Desesperados, los pasajeros comenzaban a arrojarse al mar, convencidos de que permanecer a bordo equivalía a una sentencia de muerte. Y no se trataba de una embarcación cualquiera. Era el buque insignia, el último refugio de una inmensa masa de pasajeros que viajaban en clase económica porque no tenían otra alternativa. Mientras tanto, en el puente de mando, el capitán aparentaba hacer todo lo posible por salvar la nave, cuando en realidad cada una de sus decisiones no hacía más que acelerar el naufragio.

Pero esta no es la historia del Titanic. Allí el barco terminó en el fondo del mar y el capitán se hundió con él. En esta historia no ocurrió ninguna de las dos cosas. La nave siguió a flote, aunque escorada, semihundida y haciendo agua por todos lados. Y los capitanes que durante años la condujeron al borde de la zozobra no solo sobrevivieron al desastre; muchos continúan disfrutando de la más absoluta impunidad, mientras los pasajeros siguen pagando el costo de la corrupción, la desidia y la indolencia con que fue administrada la institución.

El barco tiene nombre: se llama Instituto de Previsión Social.

Durante demasiado tiempo, el IPS fue administrado como si existiera para servir a intereses políticos y no a sus asegurados. La corrupción, el desorden financiero y la improvisación terminaron por convertir al buque insignia de la seguridad social paraguaya en una nave a la deriva.

Cuando muchos pensaban que el hundimiento era inevitable, apareció un viejo almirante. Un hombre de acción, poco amigo de los protocolos y mucho menos de la burocracia. Apenas tomó el timón, comenzó a sacudir las viejas estructuras, levantó alfombras, abrió compartimentos que nadie quería abrir y, como era previsible, de ellos empezaron a salir sapos y culebras.

Los agujeros eran demasiados y el desafío era gigantesco. La prioridad inicial fue evitar que el barco terminara de hundirse: ordenar las finanzas, transparentar procesos y enfrentar intereses enquistados desde hacía años.

Pero ningún capitán puede olvidar que un barco existe para sus pasajeros. Y el IPS existe para sus asegurados.

Por eso resulta alentador que, en esta nueva etapa, Isaías Fretes haya colocado en el centro de sus prioridades el problema que más angustia genera entre los aportantes: la falta de medicamentos. Su anuncio de que, mediante una reingeniería financiera, las estanterías podrían volver a llenarse en apenas dos o tres semanas constituye un compromiso que muy pronto será puesto a prueba por la realidad.

Naturalmente, nadie puede creer que el drama del IPS termina en las farmacias, ya que también hacen falta más especialistas, turnos oportunos, cirugías sin esperas interminables, equipos modernos y una atención acorde con el enorme esfuerzo que realizan cada mes los asegurados. Pero recuperar el acceso a los medicamentos constituye el primer paso para reconstruir la confianza perdida.

Los pasajeros no esperan milagros, esperan algo mucho más sencillo: que el barco vuelva a cumplir el propósito para el que fue construido. Que haya medicamentos, turnos oportunos, especialistas suficientes y cirugías cuando la vida no admite más demoras. Si el viejo almirante logra devolverles esa certeza a los asegurados, el IPS habrá dado el paso más difícil: dejar de ser un barco a la deriva para volver a convertirse en un puerto de esperanza.

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