La provocación de Lula

Por Pablo Noé Jefe de Prensa La Tribu 650 AM

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La provocación de Lula.

Esta semana miraba las imágenes del Puente de la Bioceánica. Desde Carmelo Peralta y Puerto Murtinho, dos estructuras avanzaron sobre el río Paraguay hasta encontrarse en el medio. Pensé que pocas imágenes podían representar mejor lo que deberían ser las relaciones entre Paraguay y Brasil: dos países acercándose, cada uno desde su orilla, para construir un camino compartido.

Pero mientras la ingeniería terminaba de unirnos, Lula da Silva decidió volver a separarnos con palabras. Para justificar el fortalecimiento militar brasileño, afirmó que “un buen día Paraguay decidió invadir Brasil”. Así, en una frase, redujo la Guerra contra la Triple Alianza a la aventura inexplicable de un vecino agresor y colocó al Imperio brasileño en el cómodo papel de víctima.

Es cierto que Paraguay atacó Mato Grosso en 1864 y ocupó Corrientes en 1865. No necesitamos negar esos hechos ni convertir a Francisco Solano López en un gobernante infalible. Pero la guerra no comenzó “un buen día”. Antes, Brasil había intervenido militarmente en Uruguay, contribuido al derrocamiento del Gobierno blanco y alterado el equilibrio de la Cuenca del Plata.

Lula no estaba dando una clase de historia. Necesitaba justificar armas y eligió como ejemplo al país que terminó aquella guerra ocupado, arrasado y con una parte enorme de su población muerta. Eso no fue solamente una simplificación. Fue una provocación innecesaria al dolor paraguayo.

Después de la derrota, Paraguay negoció sus límites bajo ocupación extranjera. Mediante el Tratado Loizaga-Cotegipe de 1872, Brasil consolidó su dominio sobre los territorios que Paraguay reclamaba entre los ríos Blanco y Apa y en la zona del Amambay. Con Argentina, Paraguay perdió los territorios ubicados al sur del Paraná y entre los ríos Bermejo y Pilcomayo, aunque logró conservar el Chaco Boreal gracias al posterior Laudo Hayes. Las fronteras actuales están jurídicamente consolidadas, pero eso no obliga a borrar las circunstancias en las que fueron trazadas.

Durante el Mundial volvió a escucharse la consigna “las Malvinas son argentinas”. La frase despertó una discusión sobre soberanía, memoria y territorios ocupados. Entonces cabe una pregunta incómoda: ¿y las tierras que Paraguay perdió después de ser destruido militarmente? ¿Por qué algunas heridas territoriales merecen solidaridad regional y otras deben permanecer enterradas para no molestar al vencedor? No se trata de reclamar hoy la modificación de fronteras ni de vivir atrapados en el resentimiento. Se trata de exigir coherencia histórica. El tamaño de un país no debería determinar cuánto vale su memoria.

La incoherencia de Lula es mayor porque se presenta como defensor de la integración latinoamericana y enemigo del imperialismo. Sin embargo, cuando necesita alimentar el orgullo militar brasileño, adopta la narrativa del antiguo imperio. El imperialismo no deja de serlo por provenir de una potencia sudamericana ni porque lo invoque un presidente de izquierda. Brasil tiene derecho a recordar a sus muertos. Paraguay debe revisar críticamente las decisiones de su Gobierno. Pero el vencedor tiene una responsabilidad especial al referirse al pueblo que quedó devastado.

El Puente de la Bioceánica tiene 1.294 metros y une físicamente Carmelo Peralta con Puerto Murtinho. Fue presentado, con razón, como un símbolo de integración regional. Volví a mirar sus imágenes. Dos extremos avanzando hasta encontrarse en el centro. Quizás Lula también debería mirarlas. Porque construir un puente exige que ambos países se acerquen. Remover una herida para justificar armas solo consigue que cada uno vuelva a su orilla.

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