En 1841, Joule demostró que todo cable que transporta electricidad se calienta, y que esa pérdida crece con el cuadrado de la corriente. Casi dos siglos después, esa ley física explica algo muy concreto: por qué la cuenta de luz de nuestras casas cuesta lo que cuesta. Cuando una red eléctrica trabaja a los tumbos, con picos y valles de demanda, los conductores se exigen más, se pierde más energía en el camino y alguien termina pagando esa energía que se evapora. Ese alguien somos todos los paraguayos.
Los números de la ANDE son elocuentes. De cada 100 unidades de energía que entrega al mercado nacional, alrededor de 24 se pierden en distribución, entre fallas técnicas y otros inconvenientes. En 2023 las pérdidas totales llegaron al 28,5%. Hoy rondan el 24,5%. ¿Qué cambió en el medio? Varias cosas, pero una pasa desapercibida: la consolidación de un grupo de clientes que consume energía de la forma exacta en que una red necesita que se consuma. Se llama Grupo de Consumo Intensivo Especial, y su columna vertebral es la minería de Bitcoin.
El contrato de estos clientes se estructura sobre la potencia reservada: la empresa contrata de antemano una cantidad fija de potencia y la paga completa, la use o no. A cambio, opera con un factor de carga superior al 80%, es decir, consume de manera casi constante las 24 horas, conectada en alta y muy alta tensión, con subestaciones que cada una de estas empresas construyen. Esa combinación reduce pérdidas por tres vías. Primero, el consumo en alta tensión casi no se pierde: la energía no recorre los kilómetros de cableado de baja tensión donde la ley de Joule cobra su peaje. Segundo, una carga plana y predecible mejora el factor de carga de todo el sistema: para la misma energía entregada, los picos de corriente son menores, y como las pérdidas crecen al cuadrado, caen más que proporcionalmente. Tercero, cada megavatio facturado con pérdida mínima diluye el porcentaje total: el sector ya paga más de USD 90 millones anuales a la ANDE por energía que sí llega a destino, sí se mide y sí se cobra.
Sin embargo, todavía hay quienes repiten que la minería no genera nada para el país. Confunden dos mundos opuestos. La minería ilegal, que fue un flagelo hasta hace dos años, colgada de la red y que engordaba estas pérdidas no técnicas, es exactamente el problema que la minería formal ayuda a resolver: la propia ANDE intervino 37 granjas clandestinas con 92 MW de potencia. El minero formal hace lo contrario: paga tarifa plena, reserva potencia, construye infraestructura y financia con su factura las inversiones que reducen pérdidas.
Para las familias paraguayas la ecuación es directa. Cada punto de pérdida que baja representa millones de dólares que dejan de evaporarse y presión que se quita de la tarifa residencial. Un cliente ancla, con consumo estable y pago puntual, le da a la ANDE la caja y la previsibilidad para invertir sin trasladar costos al usuario común.
La cuenta de luz no baja por decreto ni por discurso. Baja por física y por caja. Y Bitcoin, aunque a algunos les incomode admitirlo, aporta las dos.


