La famosa profecía de Ñandejára al entonces apóstol Pedro: “Antes que cante el gallo, me negarás tres veces”, no podría cumplirse en Paraguay. ¿Por qué? Porque en Paraguay no quedan gallos. Los hay gallos políticos, gallos deportivos, gallos legisladores, etcétera, pero ya no los gallos compañeros de las gallinas, el que las fecunda, el capo del gallinero.
Antes había gallineros en casi todas las casas. Yo vivía en Recoleta y, pese a la cantidad de “vecinos silenciosos”, las mañanas estaban pobladas por el canto de los gallos. Era un concierto que empezaba un poco después de las cuatro de la mañana y duraba hasta las siete. Ahora hay ruido de motos.
Le pregunté a mi empleada, que es de Itauguá, si por allí aún quedaban gallineros. Me dijo que antes sí, que su mamá los tenía, pero ahora ya no. Y me dio una razón inesperada acerca de por qué no había más gallos ni gallineros en las casas. “Imposible por los chespis”, me dijo.
Y me contó que los gallineros son una especie de “Jardín del Edén” para ellos. “No hay caso”, me dijo. “Tuvimos que liquidar todo”. Este hecho, que alteró las mañanas asuncenas y las de los pueblos cercanos a la capital, me dio qué pensar y me puse a investigar un poco sobre este tema de los jóvenes adictos, a quienes solemos mirar con desconfianza, miedo o directamente con asco.
Descubrí primero que el “chespi” no es una droga más. Es una de las formas más miserables de consumir pasta base de cocaína, mezclada con solventes y otras sustancias tóxicas que destruyen el organismo en muy poco tiempo. Su dependencia es brutal; quien cae en ella deja de vivir para empezar simplemente a sobrevivir dosis tras dosis.
También descubrí algo peor: en Paraguay nadie sabe con certeza cuántos son. Extraoficialmente se habla de unos 100.000 consumidores problemáticos. Tal vez sean menos. Tal vez sean más. Lo realmente grave es que ni siquiera conocemos la dimensión exacta del problema. Y cuando un país ignora el tamaño de una tragedia, difícilmente pueda derrotarla.
Mientras tanto, los centros de atención reciben cada vez más consultas. La mayoría corresponde a adolescentes y jóvenes. Instituciones públicas, organizaciones religiosas y decenas de personas que trabajan silenciosamente para rescatar vidas. No es cierto que no se haga nada. Pero tampoco alcanza.
Da la impresión de que cada institución pelea su propia guerra, con escasos recursos, poca coordinación y todavía menos visibilidad. Muchos paraguayos ni siquiera saben dónde acudir cuando un hijo, un hermano o un vecino cae en las drogas.
Y ahí aparece otro problema, ya que creemos que todo se resuelve con más patrulleras, más cárceles o penas más duras. Claro que hay que perseguir a los narcotraficantes. Pero el muchacho que fuma chespi también necesita otra oportunidad. Si logra salir, deberá encontrar una mano tendida, un oficio, un empleo. Una razón para no volver a caer. Allí las maquilas y muchas empresas privadas podrían transformarse en aliadas de un gran programa nacional de reinserción. Hay experiencias exitosas en varios países que combinan prevención temprana en las escuelas, tratamiento médico, apoyo psicológico, capacitación laboral y seguimiento de quienes logran recuperarse.
Quizá haya llegado la hora de una verdadera coordinación nacional. Una campaña permanente. Un mensaje único. Un gran acuerdo entre el Estado, las iglesias, las empresas, las organizaciones civiles y las familias. Porque esta batalla no la ganará una institución sola.
Aquella conversación casual sobre los gallos terminó enseñándome algo mucho más profundo. Pensé que habían desaparecido porque cambiaron las costumbres. En realidad, en muchos barrios desaparecieron porque los expulsó la droga.
Y un país donde ya no canta el gallo al amanecer debería empezar a preguntarse seriamente qué otras cosas está perdiendo sin darse cuenta.


