Hace unos pocos días, el mundo financiero celebró que los precios en Estados Unidos aumentaron “solamente” 3,5% en el último año. Si suena a poco, los invito a que podamos leerlo nuevamente juntos: los precios aumentaron casi el doble de la meta oficial de 2%, y los mercados festejaron como si les hubieran devuelto los trofeos de guerra.
Es como festejar sobre la salud de un paciente porque la fiebre bajó una medida en el termómetro. El IPC de junio retrocedió 0,4% mensual, su mayor caída desde 2020, cuando los analistas esperaban 3,8% interanual.
En Paraguay conocemos esa lógica de memoria. Nuestra inflación nunca es dramática (me refiero a la expresada por el Banco Central, no la de la economía de techo y mesa de los paraguayos): es la gotera silenciosa que no inunda la casa hoy pero la arruina en veinte años.
Vivimos pendientes de decisiones que se toman en Washington: cuando la Reserva Federal estornuda, el guaraní, la soja y las remesas se resfrían. Por este motivo, el dato del cual estamos hablando no es una noticia lejana: es el clima financiero bajo el cual respira toda nuestra economía.
Bitcoin reaccionó de inmediato. Saltó más de 3% hasta superar los USD 64.000, su mayor subida en tres meses, y acumula 10% de remontada en julio tras tocar mínimos anuales debajo de USD 60.000, después de un semestre en el que se desinfló 33%.
La mecánica es conocida: menos inflación significa menos presión para que la Reserva Federal suba tasas, las apuestas por un aumento en julio prácticamente se evaporaron y más apetito por activos escasos. Los Fondos Cotizados hicieron el resto: desde que Wall Street empaqueta Bitcoin en estos instrumentos, su correlación con las acciones tocó un récord de 0,96. Bitcoin quedó enchufado, le guste o no, a la maquinaria del riesgo global.
El escepticismo levanta la mano aquí para hacer una acotación: “Bitcoin depende de la Reserva Federal, es un activo especulativo más”, aunque este episodio demuestra exactamente lo contrario. Lo inquietante no es que Bitcoin se mueva con el IPC: es que todos los activos del planeta —bonos, acciones, monedas, commodities— se encuentren atados indefectiblemente a las palabras de un comité de doce personas. Esa dependencia universal es la enfermedad, no el diagnóstico. Mientras el precio de Bitcoin bailaba, su política monetaria no se desvió un solo milímetro: la emisión sigue programada y ningún dato de inflación puede cambiarlo. Ningún otro activo en la actualidad puede decir lo mismo.
Mientras los que sí especulan con los mercados juegan al IPC mes a mes, nosotros podemos construir una posición estructural: nuestra energía abundante, disponible y renovable convierte megavatios en un activo global que ninguna Reserva Federal emite ni confisca. Esa es nuestra apuesta ganadora: no adivinar el próximo dato, sino acumular lo que ningún dato puede diluir.
El IPC mueve el precio de Bitcoin, pero no mueve a Bitcoin. La fiebre es del dólar; el termómetro solo la mide.


