Nada aprendí de los manuales que pretenden domesticar el duelo. Toda esa literatura aseptizada que promete etapas metódicas y superaciones progresivas se desmorona con estrépito ante la crudeza visceral de la pérdida. Hace unos días, durante una conversación, alguien me ofreció una definición ajena a los tratados de psicología, pero portadora de la verdad más implacable y descarnada que jamás haya escuchado: el luto es como clavarse una espina de coco, el famoso “mbokaja ratî”.
Quienes conocen la espina del cocotero comprenden la carnicería íntima que sucede cuando penetra en la carne. Uno intenta extraerla por todos los medios; hurga, presiona, pero el empeño resulta casi siempre inútil: la punta tiende a quebrarse y queda atrapada dentro, silenciosa, enconada bajo la piel.
A partir de entonces impone su capricho biológico, en ocasiones tiende a moverse, la zona se inflama con furia durante un tiempo, duele hasta el delirio y, luego, sin razón aparente, se desinflama. Para extirparla es preciso aguardar a que esa hinchazón ceda y entonces excavar sin piedad hasta lo profundo; habrá sangre y desgarro, y cuando finalmente logres arrancarla por completo, la realidad se impondrá irremediable: quedará una cicatriz perenne. La carne mutilada jamás volverá a ser la misma.
El luto es exactamente eso: la anatomía de una inflamación recurrente. Quienes aseguran que se trata de un proceso lineal mienten. El dolor no es una línea recta ni un aséptico camino ascendente hacia el alivio, es un ciclo errático donde te inflamas y te desinflamas. Al principio, arde con ferocidad, luego, con el transcurso de los meses, la hemorragia y la hinchazón parecen ceder. Hay treguas efímeras donde respiras con menor dificultad, días en los que crees haber aprendido a caminar sin claudicar y en los que la rutina vuelve a disfrazarse de refugio seguro.
Y, de pronto, sin previo aviso, la esquirla se remueve. Bastará un roce invisible, una insignificancia, para que la herida se inflame de nuevo con saña durante semanas o meses. Entonces, todo el progreso ilusorio se pulveriza en un segundo, te descubres otra vez arrastrado al fondo del pozo, en una penumbra asfixiante, desprovisto de la más mínima rendija de luz, experimentando el desgarro con la misma intensidad insoportable del primer día. Porque el duelo es un estigma que habita en nuestro interior, se mueve, se inflama por un tiempo, nos ahoga y luego se desinflama, demostrando con crueldad que el luto jamás será lineal.
Aceptar la ausencia de una cura definitiva y comprender esa condición errática constituye el primer paso para no sucumbir a la demencia en medio de las recaídas. Si el dolor carece de linealidad, la supervivencia tampoco conoce las líneas rectas.
Cuando yaces en el fondo de ese abismo, mientras la carne vuelve a inflamarse y arder, la razón se vuelve un instrumento inservible. ¿Qué te sostiene entonces en el centro de las tinieblas? El amor. Única y exclusivamente el amor. Ese afecto obstinado, feroz e intacto que se niega a claudicar y que nos enseña a vivir orbitando alrededor de la cicatriz. Porque la añoranza es eterna y el amor perdura, intacto y salvaje, hasta que el mar deje de ser mar.


