Las tórtolas son dueñas del compromiso más poético de la naturaleza. Detrás de su apariencia frágil, son estrictamente monógamas. Cuando eligen a su compañero, asumen un pacto inquebrantable. Es un vínculo tan absoluto que, si uno de los dos falta, el sobreviviente no busca un reemplazo, sino que abraza la ausencia.
La tradición cuenta que deja de emitir su canto, se aísla en las ramas sin hojas y bebe únicamente agua turbia para no ver su propio reflejo solitario. Para ellas no existe una segunda oportunidad porque, simplemente, no la necesitan. Pertenecen, de forma innegociable, a un solo ser.
Hace más de dos mil años, Platón intentó explicar esta misma devoción absoluta en los humanos a través de las páginas de “El Banquete”. Mediante el desgarrador mito del andrógino, el filósofo griego relató que en el origen de los tiempos éramos seres absolutos y completos.
Éramos tan poderosos que Zeus, sintiendo amenazada su propia supremacía, decidió partirnos por la mitad con un rayo. Desde ese instante primordial, los seres humanos nacemos con una grieta invisible y vagamos por el mundo con el único y desesperado propósito de encontrar esa mitad exacta que nos fue arrancada para volver a ser uno solo.
Tanto en el instinto natural como en la filosofía antigua subyace una misma herida. Asumir que existe un único amor definitivo, y que la vida humana es demasiado breve para intentar la proeza de enamorarse dos veces, es abrazar una condena bellísima.
Es sostener, frente al pragmatismo del mundo moderno, que el amor no es un músculo que se entrena ni un hábito que se pueda reciclar con el tiempo, sino un milagro que tiene lugar una única vez.
Bajo esta premisa, la vida se divide en dos actos, el antes y el después de ese hallazgo. Y los afectos que puedan llegar tras esa fractura, si es que el destino nos obliga a seguir respirando, se sienten apenas como un acto de supervivencia; un intento resignado de llenar un molde que ya tiene un dueño irremplazable.
La época actual nos exige soltar rápido, avanzar y rehacer nuestro corazón con la misma frialdad con la que consumimos y descartamos lo efímero. La sociedad nos empuja a creer que somos emocionalmente inagotables. Sin embargo, hay quienes descubren, con una certeza abrumadora, que ya entregaron todo lo que tenían para dar.
La biología y el instinto de supervivencia podrán argumentar que estamos diseñados para sanar, que el corazón es un órgano elástico capaz de volver a amar y que la vida exige seguir adelante a cualquier precio.
Pero a veces el espíritu decide que ya ha encontrado lo que venía a buscar. Aceptar con valentía que uno le pertenece para siempre a una sola persona es la más rotunda declaración de amor. Por eso, quienes hoy tienen la fortuna de aún despertar junto a quien aman harían bien en cuidarlo como el privilegio escaso que es, abandonando de una vez por todas la ciega ilusión de que todo en este mundo se puede sustituir.


