El relato de la independencia de nuestro país que aprendimos en la escuela y nos ilustró el arte en el billete de G. 10.000 –que reproduce la pintura de Guillermo Da Re, cuyo original está en el Museo de Bellas Artes y su copia más conocida colgada en el Salón Independencia del Palacio de López– es erróneo.
Nos dijeron que nos levantamos contra el yugo español y que, aunque la gesta fue incruenta, no estuvo despojada de firmeza y, por momentos, hostilidad contra tal yugo. No es cierto.
Ni nos levantamos contra ningún yugo, ni este era español. No hubo sillas caídas, ni uniformados erguidos alrededor de ninguna mesa, ni tampoco reuniones álgidas con el gobernador.
¿Qué hubo? Miedo a que España nos entregue a Portugal, delante de lo cual se decidió tomar el control de la provincia para que si esta entrega se materializaba en algún papel en Europa, no se efectivizará jamás en el territorio. Nuestro territorio.
Y usé cuidadosamente el término “provincia”. Porque en mayo de 1811 los próceres no fundaron ninguna república, sino que ratificaron que el Paraguay era y seguiría siendo parte indisoluble de España, motivo por el cual lo que se hizo el 14 y 15 de mayo lo fue “en nombre de su majestad el rey” del cual seguíamos pregonando ser sus leales súbditos. Tanto así que el gobernador no fue radicado del poder, sino integrado al mismo: el primer Triunvirato estuvo conformado por el mismo Bernardo Velasco, no lo olvidemos.
Todo lo dicho tiene un largo “después” que acomoda, más o menos, el relato de la emancipación, pero estas líneas pretenden recordar que el Paraguay tuvo un proceso distinto al resto de América porque aquí España nunca fue percibida como algo contra lo que ir, sino como algo a lo que pertenecer para cuidarnos de lo único que siempre tuvimos claro que no queríamos ser: brasileros.
El Paraguay nunca se quiso ir del Imperio español, pero este, y menos en el siglo XIX, no se quería quedar. Nosotros no éramos una batalla que dar –demasiado lejos, demasiado insignificante en riquezas o algún interés geoestratégico–, lo que intuimos en mayo de 1811 y por eso hicimos algo al respecto.
Mayo de 1811 fue eso; hacer algo al respecto de nuestra determinación –firme– de no ser brasileros. Y vaya determinación que más de 50 años después perduró al punto de aceptar ser casi aniquilados defendiendo ese paradigma: no ser brasileros.
Después el Dr. Francia, y solo él, construyó la idea de un país que sea algo más que su determinación a no ser brasileros: la determinación de no ser argentinos tampoco. Y a partir de allí la lenta construcción de una nacionalidad propia distinta a nuestros vecinos, y, ya que estábamos, distinta también de España. Propia de nosotros, al que llamaríamos “Paraguay” y a sus habitantes, paraguayos.
Nuestro billete de G. 10.000, el cuadro de Da Re y nuestro propio himno nacional distorsionan la verdad. El Paraguay ni en mayo de 1811, ni tampoco después, “basta dijo y el cetro rompió”. El cetro español jamás fue relevante en nuestra independencia, acaso sí el portugués en última instancia.
Por eso el 14 y 15 de mayo se mal celebra el día de la Independencia de España. Lo que debe es celebrarse el día en que asumimos que debíamos hacernos cargo de nuestros problemas, haciendo algo al respecto de nuestros miedos, lo que en mi opinión es mucho más épico que el insípido relato que nos legó la escuela e inmortalizó nuestro arte.
¡Viva el Paraguay!

