La detención del barrabrava azulgrana abrió un debate incómodo, porque nos obliga a mirar dos cosas al mismo tiempo. Por un lado, está el hartazgo legítimo frente a los violentos de siempre, los que convierten una cancha en campo de batalla, agreden a policías, rompen todo y después pretenden esconderse entre la multitud. La primera reacción de muchos, y me incluyo, es básica: al patotero, rigor. Al que golpea, destruye o humilla a un agente, que le caiga todo el peso de la ley.
Pero justamente ahí está la palabra clave: la ley.
Un policía no es un hincha más caliente que otro. No es parte de una barra rival. No es una multitud iracunda. Es un representante del Estado, con uniforme, arma, entrenamiento y autoridad legal. Por eso, cuando una persona ya está reducida, mostrar el procedimiento puede estar bien; burlarse, tocarle la cabeza, prepotearearlo o buscar una revancha simbólica está de más.
Puede parecer mínimo. Un akãpete, una frase, una apretada. Pero la institucionalidad se rompe así: de a poco, celebrando pequeños excesos porque esta vez la víctima nos cae mal. El problema es que los derechos no existen para proteger solamente a los simpáticos, a los educados o a los que piensan como uno. Existen, sobre todo, cuando el Estado ejerce poder sobre alguien que ya no puede defenderse.
La fuerza pública debe proyectar control. Si hay forcejeo, resistencia o peligro, que actúe con toda la firmeza que permite la ley. Pero cuando el detenido ya está aprendido, la autoridad no necesita humillar para imponerse. Si necesita hacerlo, entonces no es autoridad: es bronca con uniforme.
Y cuidado con naturalizar eso. Porque hoy es un barrabrava con antecedentes y la tribuna digital aplaude. Mañana puede ser un ciudadano cualquiera, en un procedimiento equivocado, en un control de tránsito o frente a un funcionario con un poco de poder y cero autocontrol.
Queremos mano dura todo el tiempo, pero pocas veces dimensionamos que esa mano dura también puede caer sobre nosotros. Hobbes decía que el hombre es el lobo del hombre. Por eso existen instituciones, leyes y límites. Sin eso, queda la ley del más fuerte. Y siempre, siempre, hay alguien más fuerte que uno mismo.
Nahuel Ayala - Gerente de Prensa Escrita y Digital Vmedia


