Una iniciativa de la Cámara de Diputados declaró a la ciudad de Encarnación, capital del departamento de Itapúa, como la “Perla del Paraguay”. Un reconocimiento que pone en destaque las cualidades de una ciudad pujante y el dinamismo de su gente.
Pasaron 411 años de aquel acontecimiento protagonizado por el misionero jesuita, Roque González de Santa Cruz, cuando un 25 de marzo de 1615 fundó a orillas del río Paraná la Misión evangelizadora “Nuestra Señora de la Encarnación de Ytapúa”.
Muchos hitos marcan la historia de Encarnación en estos cuatro siglos de historia. Desde la obligada mudanza de la Misión a la margen derecha del río; su papel estratégico como atalaya y puerta de entrada de la naciente República —polo industrial y económico de principios del 1900— un ciclón que devastó la ciudad y dejó cientos de víctimas, en 1926, entre otros.
En este devenir, la construcción de la represa de Yacyretá marca un punto de inflexión. La desaparición de la antigua “Villa Baja” y el traslado forzoso de sus habitantes implicó el sacrificio de una parte sustancial de su historia y su evolución como ciudad.
Pero, huelga decir, el sacrificio no fue en vano. El atractivo que ofrece hoy y su continuo desarrollo urbanístico es resultado de esa metamorfosis provocada.
Sus tres playas, que atraen a miles de turistas cada año y el río Paraná como escenario de deportes náuticos de envergadura mundial, catapultaron a Encarnación como una de las ciudades más atractivas para el turismo.
También para la inversión inmobiliaria, pues cientos de extranjeros y connacionales califican a Encarnación como un lugar donde vale la pena vivir, y deciden afincarse y hacer de la ciudad su hogar.
En este fenómeno hay un factor importante: la cualidad de su gente, un activo que no se puede medir en cifras, pero se percibe en el ambiente.
Esta “perla”, sin embargo, no está exenta de amenazas y desafíos. El cuidado de los recursos naturales, de la calidad de las aguas que la rodean y preservar los espacios públicos de las ambiciones de negocios anunciadas con cantos de sirena son algunas de ellas.
El cuidado de esta invalorable “perla” exige de sus habitantes compromiso ciudadano y de sus administradores el inquebrantable deber de lealtad con el bien común.

