Opinion

Posverdad: el negocio de manipularnos

La posverdad no es solamente una mentira repetida muchas veces. Es algo más grave: un clima cultural en el que los hechos dejan de ser el punto de pa…

| Por Nahuel Ayala
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La posverdad no es solamente una mentira repetida muchas veces. Es algo más grave: un clima cultural en el que los hechos dejan de ser el punto de partida de la conversación pública y son reemplazados por emociones, prejuicios y relatos diseñados para confirmar lo que cada uno ya quiere creer. En ese terreno, la verdad no desaparece, pero pierde fuerza. Ya no importa tanto lo que ocurrió, sino qué versión logra indignar más, conmover más o circular más rápido.

Ese es uno de los grandes peligros de nuestro tiempo. La percepción de las personas comienza a moldearse no por la realidad, sino por una sucesión de estímulos que apelan al miedo, a la bronca o a la pertenencia. Cuando esto sucede, la sociedad entra en una zona de fragilidad: se debilita la confianza, se erosiona el debate democrático y se vuelve cada vez más difícil distinguir entre información, propaganda y espectáculo.

Algunos medios de comunicación, lejos de actuar como barrera ante ese deterioro, participan de él. Lo hacen cuando reemplazan la verificación por el impacto, cuando convierten la sospecha en titular, cuando editorializan los hechos hasta deformarlos o cuando responden más a intereses políticos y económicos que al compromiso con la verdad. No se trata de condenar al periodismo, sino de defender su mejor tradición: contrastar datos, contextualizar, asumir responsabilidades y no usar la información como herramienta de manipulación.

Las redes sociales, por su parte, profundizan el problema. Su velocidad, su lógica algorítmica y la ausencia de filtros sólidos convierten cualquier contenido engañoso en una mercancía perfecta para la viralización. Allí una falsedad bien narrada suele tener más éxito que un dato comprobado. Y cuanto más escandaloso, más circula. Así se forman burbujas donde cada usuario recibe una versión del mundo adaptada a sus creencias, sin roce con la diferencia ni con la evidencia.

La posverdad prospera, en definitiva, cuando la mentira deja de avergonzar y empieza a ser rentable. Combatirla exige más que denunciar fake news: exige reconstruir una cultura de la verdad. Eso implica medios responsables, ciudadanos críticos, educación para leer con cuidado y plataformas que dejen de premiar el engaño. Porque cuando una sociedad renuncia a los hechos, no gana libertad: queda a merced de quien mejor sepa manipular sus emociones.

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