Opinion

Itaipú y yo

Christian Torres

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Central hidroeléctrica Itaipu

Habrase visto un título grandilocuente… y algunos seguramente ya están pensando: este es otro avivado que quiere sacar algún rédito de la binacional. Nada más alejado de mis intenciones.

Ocurre que Itaipú y yo tenemos una pequeña historia en común. Cuando se empezó a construir la colosal obra fui nombrado encargado de la primera sucursal del diario ABC en CDE; convivimos largo tiempo.

De la historia grande de la binacional han corrido ríos de tinta; aun hoy es un tema estratégico.

Pienso ocuparme aquí de las pequeñas cosas, anécdotas que me quedaron de la cobertura de una obra fantástica por donde se la mire.

Debernardi, el buque insignia paraguayo durante la construcción, soltaba números para asombrar; con el hormigón usado se pudieron construir 210 estadios Maracaná y con hierro y acero, 380 torres Eiffel.

Decía también que, con Itaipú, Paraguay había roto las cadenas que podían anclar su desarrollo futuro. Era tal la magnitud.

Pero vayamos a las cosas vividas por un periodista mozalbete de 21 años.

Las Tripartitas de Armonización de las represas en el río Paraná, con las que empezó todo. Paraguay, Argentina y Brasil debían acordar dónde y cómo se harían. Una fue en Punta del Este. Maravilla. Los cronistas soñamos con un chapuzón en el mar, pero era pleno invierno y hacía un frío que pelaba.

El operativo “Pega Bicho”: el rescate de la fauna de las casi 100.000 hectáreas que iban a ser inundadas. Trabajo fantástico. Recuerdo los chalecos naranjas, las redes y la enorme cantidad de serpientes recogidas.

La voladura del muro del canal de desvío. Espectáculo internacional. El río fue desviado mediante una implosión; la estructura voló y el río entró impetuoso en el canal artificial, iniciándose las obras en el lecho original.

Fui uno de los pocos privilegiados —una especie de mascota de los técnicos— que bajó al lecho seco del río, donde asomaban piedras negras, creo basálticas.

Las visitas de Stroessner. No caminaba; corría. Muchas veces, el acto ya terminaba cuando uno llegaba. En una ocasión observaba el vertedero desde un balcón. Yo tomaba una foto desde abajo cuando ordenó: “Suba, suba”. Subí. Apenas llegué, un guardia me golpeó en la boca del estómago para advertirme que “al general se le obedece de inmediato”.

Casi morí en la inauguración del vertedero. Bajé por la pasarela que divide las canaletas para lograr un primer plano del salto de esquí, pero no calculé la fuerza del caudal. Un torbellino de agua y viento me arrastraba. Desesperado, me tiré al piso y, arrastrándome, logré ponerme a salvo. Nunca más.

Pasó el tiempo. La obra concluyó. La era del asombro terminó. Me vienen rostros a la mente, muchos que ya no están. Pero otros seguimos algunos orgullosos de haber conocido por dentro el corazón de esa obra que marcó un antes y un después en la vida del país.

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