La desaparición de Tobías, el niño vendedor ambulante arrastrado por un raudal en San Lorenzo, instaló un debate incómodo que va más allá del dolor inmediato. La indignación se dirige hacia la obra inconclusa, hacia la falta de control estatal y hacia los adultos responsables. Sin embargo, en medio de esa discusión surge otra pregunta que interpela de forma más profunda. ¿Qué ocurre cuando la infancia y el trabajo se entrelazan en escenarios donde la precariedad no ofrece alternativas reales?
Yo también fui niña y también trabajé en las calles, junto a mi hermano mayor recorríamos casas ofreciendo mandarinas y otras frutas, a veces verduras y en ocasiones menudencias. Caminábamos cuadras y cuadras bajo el sol, improvisando discursos breves para convencer al comprador.
No lo recuerdo como una carga ni como una imposición traumática, era, en nuestra lógica infantil, una competencia divertida por ver quién vendía más rápido. En medio de ese juego, un perro me mordió y hasta hoy permanece en mi pierna la cicatriz. Aquella escena hoy podría leerse como negligencia, como incumplimiento del deber de cuidado, incluso como un motivo de imputación hacia mis padres.
No digo que el trabajo infantil deba naturalizarse ni justificarse, las normas existen para proteger y establecen límites necesarios para resguardar los derechos, principalmente para los más vulnerables. Pero también es cierto que hay realidades que la legislación no siempre logra abarcar. Cuando el sistema económico falla y las oportunidades escasean, muchas familias no perciben el trabajo de sus hijos como explotación, sino como una estrategia de supervivencia. En esos hogares, la calle no es un escenario de vulneración deliberada, sino la extensión de una necesidad urgente.
En mi memoria, aquellos días no están asociados al sufrimiento, ni están teñidos de amargura. A pesar de la mordedura y de los riesgos que hoy identifico con claridad adulta, fueron jornadas luminosas, compartidas con mi hermano, atravesadas por risas y pequeñas metas cumplidas. La niñez no siempre interpreta el trabajo como sacrificio; a veces lo integra como juego, como complicidad, como pertenencia.
La historia de Tobías exige respuestas concretas sobre el rol del Estado, la seguridad de las ciudades y la protección efectiva de la infancia. Pero también reclama una mirada menos simplista, invita a reconocer que detrás de cada niño trabajador existe una trama compleja y una estructura social que falla. Condenar sin comprender puede resultar fácil e incluso cómodo; sin embargo, transformar las condiciones que empujan a esas familias a elegir lo que no quieren elegir es el desafío pendiente.


