El lunes, la Real Academia Sueca de Ciencias otorgó el Premio Nobel de Economía a dos estadounidenses, Robert E. Hall, de Stanford, y Michael Woodford, de Columbia, “por los fundamentos microeconómicos para la estabilización macroeconómica”.
En otras palabras, para entender por qué una economía crece, se frena o se recalienta, no alcanza con mirar el producto interno bruto (PIB) o la inflación. Hay que mirar lo que deciden, todos los días, millones de hogares y empresas. Y, sobre todo, lo que esperan que pase mañana.
En Paraguay, los indicadores agregados son buenos. Hasta el primer semestre del 2026, el PIB acumulado había crecido 5,7% y el consumo privado 3,2%, según el Banco Central del Paraguay (BCP). La inflación de septiembre fue de 1,7% interanual, por debajo de la meta de 3,5%, y la inflación núcleo quedó en 1,2%.
El crédito corre a toda velocidad. Los préstamos de consumo crecían 16,7% interanual a agosto, casi tres veces el ritmo de la economía. Las personas con al menos un crédito formal pasaron de cerca de un millón en el 2023 a unas 2,3 millones este año. Las tarjetas de crédito llegaron a 2,45 millones, 82% más que hace un año. Y el saldo de las tarjetas con límites de hasta G. 3 millones, típicas de hogares de menores ingresos, creció casi 50%.
Pero el ánimo de la gente va en sentido contrario. El Índice de Confianza del Consumidor del BCP cayó a 39,1 puntos en septiembre, casi once menos que un año antes y lejos del umbral de 50 que separa optimismo de pesimismo. La percepción de la situación actual se hundió a 28,4 puntos y las expectativas para el próximo año quedaron en 49,8, casi 14 puntos menos que hace un año. Solo el 12,8% dice poder ahorrar (19,5% hace un año) y apenas 4,8% cree que es buen momento para comprar electrodomésticos, 3% un auto y 1,5% una vivienda.
¿Cómo se explica una economía que crece, presta y consume más, con hogares cada vez menos confiados? En su investigación de 1978, Robert Hall mostró que las familias no deciden cuánto gastar solo por lo que ganan este mes, sino por lo que esperan ganar a lo largo del tiempo. Si confío en que mis ingresos van a mejorar, tiene sentido adelantar consumo con un préstamo. Si temo lo contrario, lo razonable es ahorrar.
Aplicado al Paraguay, el boom del crédito admite tres lecturas que no se excluyen. La primera, la más favorable, es la inclusión financiera. El BCP sostiene que muchas personas migran del financiamiento informal al formal, más transparente y barato. En ese caso, el crédito no crece porque los mismos se endeudan más, sino porque hay más gente adentro.
La segunda es (¿era?) el optimismo, con hogares que se endeudan apostando a ingresos futuros más altos. Y la tercera es la más preocupante, son familias que usan la tarjeta para llegar a fin de mes. Cuando la gente dice estar complicado, pero sigue gastando a crédito, la teoría de Hall sugiere que no está anticipando un futuro mejor, sino estirando el presente. Mi lectura es que las tres conviven, pero la tercera gana peso, sobre todo entre los hogares de menores ingresos.
El otro nobel, Michael Woodford, demostró que la economía no responde solo a lo que pasa hoy, sino a lo que la gente cree que pasará mañana. Si los hogares esperan peores tiempos, recortan gastos antes de que lleguen. Por eso, para él, administrar expectativas es tan importante como mover la tasa de interés.
En Paraguay, el BCP ganó la parte más difícil de esa batalla: las expectativas de inflación están firmemente ancladas en la meta de 3,5%. Pero otras expectativas van en sentido contrario. Los hogares no dudan de los precios, dudan del rumbo de la economía.
Sobre su propio futuro, la gente todavía es algo optimista: las expectativas personales (56,3) y del hogar (55,6) siguen por encima de 50. Sobre el país, en cambio, el ánimo se derrumba: la situación actual cayó a 13 puntos y las expectativas a 37,4, 19 menos que hace un año. Esa brecha explica parte del boom del crédito: para Hall, lo que pesa al gastar es el ingreso que cada uno espera para sí. Pero, como advierte Woodford, el pesimismo colectivo termina filtrándose en lo individual: las expectativas personales ya bajaron desde 64,8 hace un año.
Ese es el riesgo que Woodford ayuda a ver. La economía puede seguir creciendo por un tiempo con hogares pesimistas, porque el crédito sostiene el gasto. Pero si las expectativas no mejoran, las familias dejan de pedir prestado, se concentran en pagar cuotas y el consumo se frena de golpe.
Nada de esto describe una crisis. La morosidad promedio sigue contenida y el sistema financiero sólido. Pero la morosidad llega tarde, ya que los problemas aparecen cuando los nuevos deudores enfrentan su primer bache de ingresos, no cuando reciben su primera tarjeta.
El mensaje de este Nobel para Paraguay es que no basta con celebrar los promedios. Conviene mirar el crédito por persona, la mora de quienes ingresaron al sistema en los últimos dos años y cuánto del ingreso familiar se va en cuotas. Además de tratar la confianza y el ahorro de los hogares como indicadores adelantados, no como simples encuestas.
Paraguay crece con estabilidad, y eso es un logro. Pero Hall y Woodford nos recuerdan que la economía no es una máquina que se maneja con palancas desde arriba, es la suma de millones de decisiones tomadas en la mesa de cada hogar. Y hoy, en muchas de esas mesas, se consume un poco más, pero con menos confianza. Escuchar esa señal a tiempo es, precisamente, de lo que se trata la estabilización.
Por lo menos así lo veo yo.
(*)Economista y director de DCR Consultora


