César Addario Soljancic (*)
En Paraguay celebramos cifras de manual. El producto creció 6,6 por ciento en el 2025, la inflación general cerró cerca de 3,1 por ciento, el desempleo ronda el 5 por ciento y el país consiguió grado de inversión. Yo veo otra contabilidad: la carne, el alquiler, el pasaje y la cuota del almacén se comen la nómina antes de la segunda quincena. No niego el crecimiento. Niego que el promedio sea el criterio de éxito cuando la restricción que importa es la de la familia.
Rosa es cajera en Luque. En el 2025 le ajustaron el sueldo y el comunicado habló de alineación con el ciclo. El arroz, el aceite, la leche y el pollo no leyeron el comunicado. Destina más de la mitad de lo que cobra a la olla de tres personas. Su hermano tiene un taller en Coronel Oviedo: factura más en guaraníes corrientes, paga más IVA y alquiler, y no formaliza al segundo ayudante porque entrar al sistema le come el margen. Un productor de Itapúa cierra una buena zafra y descubre que el precio internacional, el flete y el clima deciden si hay inversión o solo sobrevida. Tres rostros, un mecanismo.
Paraguay creció 4,7 por ciento en el 2024 y 6,6 por ciento en el 2025. Eso es verdad y es insuficiente. Entre el 2017 y el 2025 el producto se expandió con claridad; el ingreso laboral promedio real apenas avanzó 1,6 por ciento. El salario mínimo se reajustó 3,6 por ciento en el 2025, hasta casi 2,9 millones de guaraníes, y después otro 5 por ciento, mientras los alimentos han llegado a subir cerca de 10 por ciento interanual cuando el índice general dormía. Una familia de ingresos bajos o medios gasta en comida una fracción que el promedio no cuenta como drama, porque ese promedio no es costo de vida.
La pobreza monetaria bajó de 19,6 a 16 por ciento en el 2025. Sigue habiendo cerca de un millón de personas bajo una línea urbana de unos 933 mil guaraníes por persona al mes. En el campo la pobreza supera el 22 por ciento. La informalidad cubre alrededor de seis de cada diez ocupados. Cerca del 40 por ciento de los asalariados gana el mínimo o menos. El país no “vuela” para quien mide el mes en la heladera. Vuela en toneladas. Aterriza en la olla.

La causa no es un misterio moral. Es un mecanismo de precios relativos y de arquitectura institucional. Cuando el crecimiento se apoya en commodities y servicios de baja productividad, el promedio sube y la restricción cotidiana permanece. El índice general puede estar anclado y la carne o el lácteo dispararse porque su peso en el gasto de Rosa no es el del promedio. Ajustar el mínimo con la inflación general es indexar el piso salarial a un termómetro que no mira la olla.
El guaraní estable y la meta de inflación son un activo. Pero estabilidad de precios no es estabilidad de nivel de vida si la oferta de vivienda es rígida, si formalizar cuesta más que el salto de productividad de un taller y si el flete parte al país en dos velocidades. La informalidad no es capricho cultural. Es respuesta al costo de cumplir, de esperar un trámite y de un crédito que llega al exportador y no al micro.
Las narrativas autocomplacientes usan el 6,6 por ciento para no discutir oferta, reglas y productividad. La solución pide reglas que alineen el éxito agregado con el presupuesto de Rosa. Hay que preservar la estabilidad del poder de compra de la moneda y dejar que la oferta responda donde el precio grita escasez: permisos, suelo, competencia entre municipios y crédito hipotecario predecible; en alimentos, rivalidad en la cadena y menos fricción logística.
También hay que abaratar la entrada a la formalidad. El costo de contratar no puede ser el peaje que deja a seis de cada diez en la orilla de su propio trabajo. Menos cuña sobre el empleo, trámites que caben en días y un fisco que premie el registro. Hay que medir otra cosa junto al producto: salario real mediano neto, peso de alimentos y techo en la cesta del 60 por ciento inferior, informalidad por distrito y tiempo de emancipación.
El beneficio se verifica en la vida cotidiana. Si la oferta residencial responde, el alquiler deja de comerse el ingreso. Si la canasta se disciplina por competencia y logística, Rosa recupera quincena. Si formalizar conviene, el jornal empieza a reflejar productividad. En cinco años se puede exigir lo medible: que el ingreso laboral real del empleado privado no vuelva a quedar casi plano mientras el producto corre; que la informalidad baje porque entrar al sistema rinde; que la pobreza rural no quede diez puntos por encima de la urbana; que una familia del tercer quintil destine a comida una fracción que permita escuela, salud y mudanza.
Yo no le pido al país que deje de crecer. Le pido que deje de confundir la tonelada exportada con el plato servido. Una economía con rostro no humaniza el 6,6 por ciento. Lo somete al criterio de quien paga el almacén, el fondo y el pasaje. Mientras el éxito se celebre en el promedio y se padezca en la olla, las narrativas seguirán siendo autocomplacientes.
(*) https://cesaraddario.com/ Economista, analista económico de La Tribuna y asesor económico del presidente de El Salvador, Nayib Bukele.


