El motor de la economía paraguaya enfrenta un enorme reto cíclico por el temido fenómeno de El Niño. Este evento climático, originado por un fuerte calentamiento anómalo en el océano Pacífico central, altera los patrones meteorológicos de manera global. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), este fenómeno surge cada dos a siete años y se prolonga hasta 12 meses.
En nuestra geografía, El Niño desata lluvias superiores a la media histórica, combinadas con calores intensos y alta humedad. Esta mezcla crea un ambiente sumamente favorable para la multiplicación rápida de agentes nocivos en las parcelas.
Al respecto, la bióloga Estela Acosta, especialista de la Dirección de Protección Vegetal del Servicio Nacional de Calidad y Sanidad Vegetal y de Semillas (Senave), indicó que este complejo escenario facilita la rápida aparición de diversas crisis fitosanitarias. La humedad constante multiplica exponencialmente el riesgo de infecciones foliares por hongos, entre las que sobresalen las temibles royas y los tizones.
Asimismo, las aguas estancadas ahogan por completo el sistema radicular de las plantas y desatan pudriciones irreversibles. Todo esto se agrava por el barro, ya que las persistentes tormentas impiden que la maquinaria entre al campo para fumigar, limitando así el control temprano. Inevitablemente, estas carencias se traducen en caídas estrepitosas del rendimiento productivo.
Los rubros fundamentales de la agricultura extensiva, que incluyen a la soja, el trigo, el maíz y el arroz, experimentan una marcada vulnerabilidad cuando los días nublados y lluviosos se suceden sin pausa. Esta situación obliga a los labriegos a multiplicar las costosas aplicaciones de potentes fungicidas, lo cual incrementa notablemente el presupuesto de la campaña.
Tampoco se escapan a este azote los cultivos esenciales de la agricultura familiar campesina. El sésamo, un renglón vital, requiere de mucha luz solar y suelos bien drenados; el exceso hídrico pudre sus tallos y arruina los granos antes de la cosecha. En el caso particular de la chía, los temporales botan sus delicadas flores, diezmando la producción final y restando valor a la materia prima en los mercados.
Pero el impacto de El Niño trasciende la mera proliferación de pestes. Las abundantes precipitaciones generan graves perjuicios indirectos como la saturación de los terrenos, lo que dificulta tremendamente tanto la etapa de siembra como la recolección mecanizada. Además, el flujo constante de agua lava y arrastra los nutrientes vitales del suelo.
Si esta situación es analizada de forma geográfica, se observa que el sur de la región Oriental, en donde se ven comprometidos los departamentos de Itapúa, Misiones y Ñeembucú, así como toda la ribera del río Paraguay, es la zona más expuesta y vulnerable debido a las recurrentes crecidas, por lo que para mitigar este riesgo es vital usar semillas fuertes, optimizar drenajes y emplear un manejo integrado, salvando el agro.
A TENER EN CUENTA:
1 - Clima extremo propicio para plagas: El fenómeno de El Niño genera lluvias excesivas, calor y alta humedad en Paraguay, creando un ambiente ideal para la rápida proliferación de enfermedades severas en las plantas, principalmente hongos y pudrición de raíces.
2 - Caída productiva y aumento de costos: El exceso de agua y barro impide el ingreso de maquinaria para fumigar y arruina tanto cultivos extensivos (soja, maíz, arroz) como de agricultura familiar (sésamo, chía). Esto reduce drásticamente los rendimientos e incrementa los costos de producción por el uso obligado de fungicidas.
3 - Zonas de riesgo y necesidad de adaptación: Los departamentos del sur (Itapúa, Misiones, Ñeembucú) y las riberas del río Paraguay son los más vulnerables a las inundaciones. Para evitar el colapso del agro, es vital usar semillas resistentes, mejorar los drenajes e implementar un manejo integrado.


